"De lo efímero y la amistad"
“De lo efímero y la
amistad”
Volví al cementerio un mes después de
su entierro, cuando el murmullo de los pésames ya se había apagado. El
camposanto está en la carretera que lleva a la entrada principal del pueblo y
rodeado de olivos y más olivos.
Aunque estuve presente en su funeral
en la iglesia, no pude despedirme de él aquel día como a mí me hubiera gustado,
en el momento que cerraron definitivamente ese nicho donde ahora descansa. Era
algo que lo tenía clavado y que necesitaba sacarme de dentro. Precisaba decirle
adiós de una manera más tranquila y personal, más íntima. Murió de repente, con
62 años, una edad que ya no me parece tan lejana, y esa brusquedad me dejó una
astilla clavada.
Caminé entre las lápidas hasta llegar
al lugar leyendo nombres que no conocía y fechas que abarcaban casi un siglo en
apenas dos líneas. Toda una vida se resume en eso: un nombre, dos fechas y, a
veces, una frase que pretende resumir una vida entera, ese fue el primer pensamiento
que me vino a la cabeza.
Llegué a su nicho, era reciente, a
ras del suelo. Las
coronas aún estaban allí, esperando a la colocación definitiva de la lápida. Su
nombre aparecía en una pequeña plaquita identificativa que la funeraria había
proporcionado. Me quedé de pie frente a su sepultura. Ver su nombre allí me
produjo una sensación de irrealidad tremenda, como si alguien hubiera
confundido los papeles y le hubiera asignado un destino que no era el suyo.
Frente a él recordé la última vez que
hablamos, 5 días antes de su inesperada marcha. No hubo nada extraordinario en
aquella conversación telefónica salvo su respuesta a una pregunta que le hice.
“¿Cómo estás? me han dicho que llevas unas semanas que no vas por el trabajo y
eso en ti es bastante extraño”. Estoy bien, he juntado días que me deben y me
los he cogido -me contestó. Y me extrañó su respuesta porque él era una de esas
pocas personas que hacen de su trabajo su vida y para el que no había fiestas
ni casi vacaciones. Cuando tenía que acercarse a resolver cualquier problema o
estar pendiente de algún asunto, lo hacía incluso en días libres. Ni de lejos pude
imaginar en aquel momento que esa conversación, 5 días más tarde, ya sería
parte de un triste final.
Oré por su alma unos minutos. Hablé
con él pensando que me estaría escuchando en algún lugar aunque no pudiera
contestarme y le deseé mucha felicidad en su nueva vida. Le recordé los buenos
momentos que habíamos pasado juntos en el trabajo y cuánto tiempo le llevó
tomarse confianzas conmigo como para gastarme bromas. De eso hace ya algunos
años. Le agradecí lo compartido y le confesé mi miedo. Porque su muerte no solo
me enfrentaba a su ausencia, sino a mi propia fragilidad. No pude evitar las
lágrimas que siempre acompañan a la tristeza y nostalgia por alguien que estimas
y quieres y que sabes que ya no estará más físicamente contigo.
Hablábamos algunas veces de la vida,
de su inestabilidad, de cómo en un segundo todo puede cambiar. Hablábamos sobre
lo efímero de la vida con la coherencia y realidad presente de que nadie está
libre de irse en un instante pero con la esperanza de que no fuésemos ninguno
de nosotros. Ese tipo de temas que tocas de soslayo en una comida como
trivializando el asunto y esperando que esa maldita ruleta rusa pase de largo
por tu existencia.
La vida es un hilo, un hilo que puede
romperse en cualquier momento. Y lo curioso es que vivimos como si fuera una
cuerda de amarre, una gruesa maroma. Y el suyo se había roto en un segundo, sin preámbulos, sin
despedidas. En un segundo estaba aquí, respirando, imagino planeando qué hacer
ese día, y al siguiente instante ya no.
Sin ser, desgraciadamente, la primera
vez que me enfrento en mi vida a una situación así, esa frontera invisible
entre el estar y el no estar me pareció, delante de la tumba de mi amigo, más
fina que nunca. Me quedé cabizbajo unos momentos y dejé que el silencio hiciera
su trabajo.
Lo que más me dolía no era solo su
ausencia, sino la brusquedad. Esa manera de irse sin avisar. Hay muertes que
llegan tras una larga enfermedad, y aunque nunca estamos preparados, el tiempo
nos concede al menos la posibilidad de aclimatar nuestra alma, nuestro
pensamiento, para esa despedida. En su caso, no hubo ensayo. Fue como si
alguien hubiera apagado la luz en mitad de una conversación. Y yo me quedé con
frases sin terminar, con bromas pendientes, con esa última comida que ya no
llegaría y con ese café que nunca más nos tomaríamos tras ella.
Cuántas veces decimos “nos vemos” sin
ser conscientes de que tal vez no sea cierto. Esa expresión, tan cotidiana, se
me antojó de repente un acto de fe. Nos vemos, porque creemos que el tiempo
seguirá obedeciendo nuestra agenda. Nos vemos, porque no contemplamos la
posibilidad de que la vida, caprichosa, decida lo contrario. Cada muerte es
siempre la primera, la única, la que nos sorprende como si no supiéramos que
estaba incluida en el contrato desde el principio.
Hace relativamente poco estrenábamos
año nuevo, pensé entonces en lo que esperaba de él, en los anhelos, en los
proyectos, pero la repentina muerte de mi amigo añadió una capa nueva a esa
reflexión. Me recordó que los planes son frágiles, que las listas de proyectos
pueden quedar interrumpidas en cualquier punto.
Muchas veces decimos que “la vida es
efímera”. Y eso es una verdad tan repetida que corre el riesgo de volverse
inofensiva. Lo comentamos como quien recita una máxima antigua, sin percatarnos
de que esa posibilidad está ahí. Pero cuando la muerte irrumpe en tu círculo
cercano, esa frase adquiere un peso específico, se vuelve concreta, tiene
nombre y apellidos, tiene una edad, tiene una historia compartida.
Al salir del cementerio, no sentí consuelo,
pero sí una cierta paz. Me había despedido de mi amigo como sé que a él le hubiera
gustado.
Vayan estas líneas en su memoria y
recuerdo.
Precioso artículo , su amigo estará orgulloso al igual que lo está usted de tener un amigo así, En Paz Descanse
ResponderEliminarÁnimo Juan Carlos, los momentos buenos de la vida hay que provocarlos, los malos vienen solos.
ResponderEliminarComo siempre una maravilla de artículo.DEP.
ResponderEliminarLa línea que se separa la vida y la muerte es muy delgada, como tú efectivamente dices: no una gruesa maroma
ResponderEliminarPero, aparte de esta reflexión es lógica, me ha emocionado el canto a la amistad que supone este artículo
Que la tierra le sea leve a tu amigo, y tú lo lleves siempre dentro de ti mismo
Magnífica forma de poner en palabras escritas pensamientos y sentimientos universales, pero casi siempre callados, sobre la vida y la muerte. Bonito homenaje a ese amigo. Enhorabuena 👏
ResponderEliminarJuanca espero no darte ese disgusto por ahora, pero tú ya sabes la vida es cuando toca y ya estamos en ese escalón.
ResponderEliminarÁnimo y quédate de lo vivido y esos buenos ratos
Tu amigo. ...
Un artículo muy emotivo que nos hace conectar con nuestras propias pérdidas. Eliminar contactos de nuestra agenda pero nunca de nuestra emoción porque esas personas forman parte de nuestra vida. Te acompaño en tu pesar
ResponderEliminarEste comentario ha sido eliminado por el autor.
ResponderEliminarCuando se refiere borrado por el autor, es al autor del comentario, nunca al autor de los artículos puesto que este no puede borrar ningún comentario de nadie.
EliminarDesde el cielo te abraza y te cuida.
ResponderEliminarQue bonito homenaje….
Precioso y emotivo artículo. La vida nos da... Y la vida nos quita. Nos corresponde a nosotros aprovechar ese breve lapsus de tiempo, que por otra parte, nunca sabemos lo que va a durar. Su amigo estará muy orgulloso de usted.
ResponderEliminarBuenos días:
ResponderEliminarEs curioso el artículo de hoy, como siempre suele ser y hoy más aún, se nota que algo muere en el alma cuando un amigo se va, ese amigo te ha calado hondo Juan Carlos, como a todos los que lo conocimos y lo disfrutamos el tiempo que nos tocó compartir esos silencios, esa amable conversación, el no saber decir NO a cualquier cosa que se le pidiera, el compartir una lata de cordero segureño acompañado de un buen vino de Galera, esos cafés y alguna copa si se terciaba, tantas cosas...
Se nos ha ido muy temprano un buen amigo y, sobre todo, una buena persona. ¡Lástima!!!
Juan Carlos, que persona más emotiva eres. Como expresas tu sentir, desde el alma, a tu amigo q sin más, desaparece de tu vida y d las de muchos. Triste su ida, tan joven. Así es la vida, efímera pero no somos conscientes. Quédate con esos buenos momentos q habéis compartido y a no dejar pasar los q puedas compartir con personas q aprecies y quieras, xq como tu título d texto dice, lo efímero llega sin esperarlo. Ánimo amigo Juan Carlos.
ResponderEliminarCompañero Juan Carlos, cómo siempre impresionante, pero en este caso la fibra sensible no sólo la has tocado, sino algo más que ahora mismo no sé cómo definir. Gracias por hacernos ver la realidad de esta forma...
ResponderEliminarLo dicho , Juan Carlos. Poco más que añadir a lo obvio y natural.
ResponderEliminarTe deseo paz y serenidad.
Y a tu amigo que Dios lo tenga en su seno.
Abrazos.
En nuestras charlas con nuestros usuarios de Servicios Sociales, mayores, podemos percibir la falta de aceptación que como seres humanos tenemos de nuestra propia mortalidad. Suelen en muchos casos acumular en sus cuentas corrientes estimables cantidades de dinero, que guardan para "más adelante". Esas personas no quieren o pueden tomar conciencia de que ese futuro está mas cerca que lejos. Nosotros, desde fuera, intentamos que racionalicen más su momento vital, y les resulta extraño. No entendemos que no planifiquen sus recursos para el horizonte que les queda, pero hay que ponerse en su lugar. Es un aprendizaje vital. Saludos.
ResponderEliminarTe acompaño en el sentimiento aunque no conociera a tu amigo.Tus palabras son un canto a vuestra amistad.
ResponderEliminarMuy bueno
ResponderEliminarMuy bien relatado
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