"Campanazos sin ton ni son"

 


 “Campanazos sin ton ni son”

Me van a perdonar mi atrevimiento y osadía crítica, arropada seguramente por mi ignorancia, escaso gusto y poco oído musical, pero lo del concierto de campanas del pasado viernes 26 de septiembre, para mí, fue un fiasco, una decepción. Todos los medios se esforzaron en publicitar dicho evento como algo único, casi irrepetible, majestuoso, sembrando una expectación pocas veces vista en Granada.

El concierto de campanas “Amores et Clamor”, organizado para conmemorar el centenario de la Cofradía del Rescate fue, sin duda, una idea ambiciosa. Una propuesta artística, valiente -u osada, según el oído con que se escuche-, que podría abrir un debate sobre el patrimonio acústico de la ciudad o la sacralización del espacio urbano.

Pero al margen de esa admirable e innovadora iniciativa y todo lo que llevó consigo, lo cierto es que lo que se dice oír oír, se oyó poco, al menos desde el punto de vista sinfónico y armonioso que es lo menos que se le puede pedir a algo que se define como concierto.

Granada estaba engalanada y con un ambiente tremendo. Terrazas, bares, restaurantes, tabernas, heladerías, establecimientos de comida rápida, todo, absolutamente todo, estaba atestado de gente llegada de todos los rincones de la provincia. Siempre hay mucho ambiente en nuestra ciudad, pero esa tarde era perfectamente reconocible que el número de personas se había multiplicado.

Yo les puedo contar mi experiencia que, después de contrastarla con amigos y conocidos, he podido observar que no varía mucho de la suya.

Primeramente me acerqué a la puerta de la Basílica de la Virgen de las Angustias, intenté escuchar algo. Solo alcancé oír campanas sin un ritmo o concordancia definida. El tremendo tráfico de la zona, el gentío, la falta de silencio en definitiva, lo hacía imposible. Primer campanazo.

Al no conseguirlo, me moví hacia una zona más céntrica. En la puerta del edificio de Correos me detuve. La cantidad de gente era espectacular y el ruido muchísimo. Las campanas de la Iglesia de San Antón tocaban pero como si algún trastornado mental y con un enfado tremendo estuviera golpeándolas indiscriminadamente y con fuerza. Mi pensamiento en ese momento fue -y pido disculpas porque no pretendo molestar a nadie: “Un rebaño de ovejas con cencerros al cuello suena más acorde que esto”.

Mis acompañantes empezaban a poner cara de desencanto. Propuse que nos dirigiéramos a la Plaza de Las Pasiegas, junto a la Catedral, allí seguramente podríamos escuchar el concierto con más claridad y mejor. Craso error e inocente suposición la mía. Nada de eso. El gentío que había congregado allí era tal que, entre los corrillos de tertulianos que se juntaron allí para hablar en voz alta sin hacerle el más mínimo caso a las campanas y la falta de armonía en lo poco que se alcanzaba oír, nos supuso una tercera desilusión.

Al final optamos por disfrutar del encanto de Granada y del ambiente de esa noche con un rico helado y un buen paseo, olvidándonos de las campanas.

Dos días después, hablando de esto con unos amigos y sin que fuese yo el que sacase el tema, me expresaban su tremenda contrariedad al respecto. Ellos, también habían estado paseando por Granada esa noche y eran del mismo sentir que el que les he expresado en líneas anteriores. Una decepción.

Pero lo mejor vino cuando al poco tiempo de haber hablado con ellos, recibí un correo de un buen amigo que vive en la zona de la calle Palencia, en el barrio Zaidín-Vergeles.

En el asunto del correo me adjuntaba el titular de un medio de comunicación donde se podía leer lo siguiente: “Las campanas retumban en toda Granada. Un espectáculo con un centenar de ellas sonando a la misma vez con motivo del primer centenario fundacional de la cofradía de Nuestro Padre Jesús del Rescate sorprendió a los granadinos”.

Tras el asunto mi amigo me escribía lo siguiente en el cuerpo del mensaje: “Lo que retumba en medio Granada y alrededores es la música de las fiestas de Armilla que se escuchaba más que las campanas desde la Caleta. Menuda barbaridad de vatios que tienen que  tener metidos. Hasta las cuatro de la mañana. Se supone que hay una normativa de medio ambiente que el ayuntamiento y la concejalía de fiestas del Ayuntamiento de Armilla deberían de tener en cuenta”. Y eso me lo escribió un vecino que vive junto a la Plaza Fontiveros en Granada capital.

Y es que donde se ponga la tozudez de un Ayuntamiento como el de Armilla con eso de los “vatios”, que se quiten los campanazos a destiempo. Mal competidor le salió al concierto campanil.


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