“Casa Cuna, historia viva”
“Casa Cuna, historia
viva”
”Acerca de los dioses yo no puedo
saber si existen o no, ni tampoco cuál sea su forma; porque hay muchos
impedimentos para saberlo con seguridad: lo oscuro del asunto y lo breve de la
vida humana.”
Esta máxima fue enunciada por
Protágoras, filósofo griego que, allá por el año 443 A.C., recibió el encargo
de redactar una constitución para la nueva colonia griega de Turios. Texto que,
por cierto, estableció por primera vez la educación pública y obligatoria.
Lo que no puntualizó o desconocía en
ese momento este discípulo de Demócrito era que, como contrapunto a la brevedad
de la vida humana, hay edificios emblemáticos que, gracias a los dioses o al
hombre, perduran en el tiempo. A veces, como es el caso que nos ocupa, pasan
por ellos o han pasado personas llevando consigo su efímera vida, si la
comparamos con la eternidad, pero que tendrán un hueco importante en la
historia de dichas edificaciones.
Existe en la localidad de Armilla,
lindando con el término municipal de los Ogíjares, uno de esos edificios que
han visto pasar el tiempo y que está repleto de historias personales y vivencias.
Historia en mayúsculas, de la buena. Me refiero a la denominada “Casa Cuna”,
como se la conoce comúnmente.
El edificio, propiedad de la
Diputación de Granada, forma parte del conjunto de Residencias y Centros
Sociales de los que esta institución dispone en dicha población. Todos ellos
cumplen en la actualidad una labor social impagable y en muchos casos
insustituible. Cuando se trata de la atención a personas mayores o con
discapacidad psíquica toda inversión y esfuerzo es poco.
Quizás desconozcan la interesante y aún
viva historia de la “Casa Cuna”. No se
denomina así por azar o capricho. Lo que en el principio de su existencia
empezó siendo una leprosería, terminó por convertirse en un hospicio. De ahí su
nombre.
Con estos dos simples datos ya podrán
hacerse una leve idea de los cientos de testimonios personales, sucesos y
avatares que puede albergar su devenir a lo largo del siglo pasado
principalmente y de este presente.
Ocuparía muchas páginas contarles el
relato completo de su existencia. Sí les puedo decir que tuvo su germen con la
Constitución de 1812, “la Pepa”. En ella se asientan los pilares de la
posterior reglamentación en materia de beneficencia en España. Dicho texto
sería, a la postre, trascendental y crucial en su gestación.
Hasta entonces el estado venía siendo
el principal valedor de dichas competencias. Pero sobre la base de la nueva
Constitución, y a partir de 1812, se produjo una descentralización que llevó a
conceder a los ayuntamientos la administración y gobierno sobre centros de
beneficencia tales como hospitales, hospicios, etc.
Aunque realmente fue a partir de 1838,
y con carácter definitivo en 1868, cuando las diputaciones se hacen cargo de la
gestión con exclusividad de los negociados de beneficencia.
El papel que ha jugado la Diputación
Provincial a lo largo de los años de su existencia ha sido determinante.
Virgilio Castilla, Presidente de la Diputación de Granada en 1931, fue quien
impulsó inicialmente la labor social que hasta hace unos años ha venido
desarrollando la “Casa Cuna”. En una conversación con mi buen amigo Fernando
Tapia -extraordinario conocedor en primera persona de la historia del edificio-
me detalla con pasión algunos de estos antecedentes históricos.
Lo que en sus principios fue ideado
para acoger a enfermos de lepra, enfermedad devastadora a principios del siglo
pasado, acabó siendo un hospicio. A eso hay que añadirle, como les he comentado
anteriormente, el conjunto de edificaciones que conforman todos los Centros
Sociales que la Diputación posee en Armilla.
La Casa Cuna, en particular, cumplía
una doble función social. La de acogida de niños y niñas por un lado, y por
otro la de proporcionarles una educación y un futuro estable mediante un
trabajo. Una gran labor no exenta, adicionalmente, de generosidad.
Tampoco podemos olvidarnos de la
congregación de las Hermanas de la Caridad. Estuvieron a cargo del cuidado de
los niños y niñas del orfanato desde los duros tiempos de la posguerra hasta
los años de la transición democrática.
Una suma, en definitiva, de
esfuerzos, buenas intenciones, dedicación y cooperación por parte de
administraciones y estamentos religiosos.
“Casa Cuna, de leprosería a
hospicio”. Este es
el nombre que recibe una exposición temporal, con fecha concreta de
finalización aun por determinar, inaugurada el pasado mes de abril, que refleja
con exquisito detalle toda su historia.
La que fue antigua y hermosa iglesia
dentro de este edificio ha sido reconvertida a día de hoy y tras unas obras de adecuación
en sala de exposiciones y multiusos. En ese espacio se alberga, confiriéndole
un halo de antigua majestuosidad, todo lo expuesto.
En dicha muestra encontramos planos,
documentos –algunos de ellos notariales y en forma de actas de constitución-,
proyectos y multitud de fotografías que forman parte de su semblanza en forma
de crónica histórica. Quedan reflejadas en dichas instantáneas lugares y personas
que han pasado su infancia y adolescencia en aquel antiguo orfanato.
Como les he mencionado al principio,
no se trata de escribir la historia de la Casa Cuna desde sus inicios porque
faltaría espacio en este artículo, pero sí de invitarles a que, por su cuenta,
la conozcan mejor visitando esta exposición.
No se lo he dicho, el horario de
visitas es de lunes a viernes de 10 a 13 horas y de 18 a 20 horas y los sábados
y domingos de 10 a 13 horas. El lugar, el propio edificio de la “Casa Cuna”,
justo al principio de la carretera que une Armilla con el término municipal de
los Ogíjares.
Prometo algún día contarles –incluyendo
ciertos relatos personales de algún protagonista-, y aunque sea en varias entregas,
la historia de la Casa Cuna.
Mientras tanto, pasen por allí. Les
invito a visitarla, no les va a dejar indiferentes.
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