"Con la Iglesia hemos topado"
“Con la Iglesia hemos
topado”
En la fuente inagotable de dichos, compendios, frases
y tópicos literarios que es El Quijote, encontramos en el capítulo IX de su
segunda parte la expresión “con la iglesia hemos dado, Sancho”. Nuestro hidalgo
caballero había topado con la iglesia del pueblo confundiéndola con el palacio
de su amada Dulcinea. Sin embargo, y aunque se refería a la iglesia como
edificio y no a la Iglesia como institución, la cita ha ido derivando, con el
paso del tiempo, justo a lo contrario. Todo ello para referirse y aplicarse con
un sentido de crítica al poder de la Iglesia.
Tampoco la cita dice “Hemos topado, amigo Sancho”, sino “Hemos dado, Sancho”. De todos modos, este fragmento ha transmutado con el
paso del tiempo y el verbo “dar” se ha ido transformando en “topar”. A mí me
llegó así y así se la transmito.
Después de esta, con su permiso, breve introducción
histórico literaria, he de decirles que eso habrán pensado muchos de los
ofuscados vecinos del alpujarreño pueblo de Trevélez: “con la Iglesia hemos
topado”, cuando el párroco, ya ex párroco, prohibió “con carácter no reversible
ni opinable" -según sus propias palabras-, que sacaran a la calle a San
Benito en procesión este pasado 12 julio.
Nuestro San Benito fue patrón de Trevélez hasta que
empezó la Guerra Civil, momento en que un vecino del pueblo escondió la imagen
para evitar daños sobre ella y desde ese momento San Antonio pasó a ser el
patrón. La imagen de San Benito fue devuelta hace ya casi 30 años a la
parroquia y desde entonces se procesiona por las empinadas calles del pueblo
cada mes de julio en el día de su festividad.
Pero hete aquí que este año, la imagen de San Benito
se quedó en casa. El santo, más arriero que santo, patrón de tormentas,
cosechas y jamones con más sal que misericordia, se ha quedado encerrado en la
iglesia que lleva su nombre. Y aquí no ha valido eso de “calienta que sales”,
no. Ni lluvia ni granizo, ni siquiera una pandemia bíblica como las de antes,
tiene más poder que la cabezonería y sinrazón de un cura de pueblo. Así, con el
gesto seco del que cierra la parroquia y se lleva la llave en el bolsillo de la
fe.
Muchos motivos “extra oficiales” ha habido detrás de
esa decisión del cura, apoyada en inicio por el arzobispado, y a cual más
absurdo y de rabieta pueril.
Un pueblo levantado en pie de guerra contra su párroco
no es lo más habitual, y cuando todos o casi todos los vecinos se ha puesto de
acuerdo en esto, amigo mío, algún motivo debe de haber. Ya saben aquello de que
cuando el río suena…agua lleva.
Quejas por la venta de la lotería de la pasada navidad
promovida por la Asociación de Mujeres, y de la cual las ganancias iban
íntegras a la parroquia, prohibición por parte del reverendo del uso de los
salones parroquiales para fiestas u otros actos, etc., han hecho que el pueblo,
casi al completo, se rebele contra este párroco.
Y ya se sabe, contra tantas voces discordantes, ni a
la propia Iglesia le conviene ponerse a mal. No están las cosas como para ir de
sobrados, así que, ni corto ni perezoso, el arzobispo ha trasladado a este
párroco a otra iglesia y se lo ha llevado del pueblo, accediendo así a las
peticiones de los propios vecinos. Muerto el perro se acabó la rabia.
Y no es que en Trevélez sean herejes, al contrario. Allí
la gente reza con fe y con jamón en la mano. Pero también tienen memoria y
posiblemente se acuerden de cuando la Iglesia servía para unir al pueblo, no
para prohibirle lo que el alma y la devoción les pide.
Y hablando de memoria, permítanme traer a colación una
de esas anécdotas gloriosas en las que la Iglesia demostró su inmaculado poder…
incluso sobre lo absurdo.
Se cuenta que corría el siglo XVII cuando en Francia
un obispo decidió excomulgar a una vaca, sí, a una vaca. El animal, según
testigos, había pateado a un niño, mordido a otro y mugido durante el Ave
María. El obispo, considerando que aquella bestia estaba claramente poseída, le
aplicó la excomunión y la condenó a muerte por brujería. “Cosas veredes,
Sancho, que farán fablar las piedras”.
Así las cosas, ¿cómo sorprendernos de que hoy, en
pleno 2025, un cura de Trevélez prohíba a San Benito salir de procesión como si
fuera una vaquilla indómita?.
“No hay libro tan malo —decía el caballero andante—
que no tenga algo bueno.” Excepto, quizás, el misal del cura de Trevélez.
Pues eso, con la Iglesia hemos topado, o ella con el
pueblo, según se mire.
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