“Corpus y otras tradiciones”
“Corpus y otras
tradiciones”
Hecho está. Consumada ya y finiquitada
la semana de fiestas más importante de Granada. Hablamos, como pueden ustedes
imaginarse por el título de este artículo, de las fiestas del Corpus Christi.
El jueves, como día principal y de mayor apogeo, lució más que ninguno procesionando
la Custodia por las calles de la ciudad.
Ha sido un Corpus intenso, peculiar, diferente
en lo que a mi concierne. Lo cierto es que me tengo que remontar muchos años
atrás, casi a mi juventud, para poder recordar tantas vivencias y disfrute en
estos días grandes de Granada. Se podría decir que casi los he exprimido al
máximo, algo que, sin tener el don de la ubicuidad, ya es mucho.
Conciertos de la banda municipal en
la Plaza del Carmen, también el de final de fiestas frente al Palacio de
Congresos, castillo de fuegos artificiales en la noche de su clausura y, entre
medias, subida al ferial y disfrute del ambiente casetero picando algo aquí y
allá.
La Tarasca, procesionando por el
centro de Granada, también fue gozada y bailada por mi parte en plena calle
como si no hubiera un mañana.
El jueves, corrida de toros
(discúlpenme los que no les gusten o estén en contra). Momentos antes, y en la
puerta de la Monumental del Frascuelo, me encontré con Marifrán Carazo,
Consejera de Fomento de la Junta de Andalucía. Hacía acto de campaña electoral
con sus compañeros y compañeras del distrito Beiro. Estuve departiendo con ella
algunos minutos, de manera informal, sobre un asunto que compete a su
consejería y al Ayto. de Armilla y sobre el cual algún día les pondré a ustedes
al corriente. También saludé a Antonio Granados, Delegado Territorial de
Fomento de la Junta en Granada, ya nos conocemos de tiempo ha. No era momento
ni lugar de ahondar en temas que requieren más tiempo y templanza, estábamos de
fiestas y hasta en las batallas se hacen pausas en fechas señaladas.
Pero por encima de todos esos actos y
acontecimientos hay uno especialmente atractivo, simbólico e importante, es la
Procesión del Corpus.
Todavía no eran las 11 de la mañana del
jueves cuando me presenté en la Plaza de las Pasiegas, frente a la entrada
principal de la Catedral. Esperaba a verla salir. Hacía un sol de justicia que
además iba aderezado con una temperatura muy alta, combinación ideal para
golpes de calor y similares.
La plaza atestada de medios de
comunicación transmitiendo en directo. Reporteros y reporteras entrevistando a
los que andábamos por allí. Multitud de granadinos y foráneos, unos ataviados
con sus mejores galas y otros, más pensando en el calor, con ropa más cómoda e
informal. Allí estuve desde el principio
hasta el final. Bastante más de una hora que dio mucho de sí.
Mientras observaba con detenimiento
toda la procesión, con el obispo emérito de Almería, que sustituía en sus
funciones al Arzobispo de Granada por su reciente operación de espalda, me vino
a la cabeza un pensamiento.
Me llamó mucho la atención que una
tradición como es la de la Procesión del Corpus pueda atraer a miles de
personas a las puertas de la catedral y a lo largo de su recorrido. Y lo hizo,
sobre todo, porque es un acto religioso.
Vivimos en una sociedad en la que se
mezcla la religiosidad y el folclore en tradiciones como la que nos ocupa.
¿Y cómo discernir hasta donde llega
la una y dónde comienza el otro?
Con independencia de la fe religiosa
de los allí presentes, hay que reconocer que se trata de unos acontecimientos
que irrumpen en la vida social y vienen a trastocar la monotonía de la vida
ciudadana. Durante esos días muchos de nuestros hábitos, costumbres y formas de
vida giran en torno a estos actos multitudinarios.
Semana Santa, la Noche de San Juan (rito
pagano usado en la celebración del solsticio de verano que terminó con
connotaciones religiosas), la Romería del Rocío y tantas otras a lo largo de la
geografía española, Navidad, etc., son claros ejemplos de este tipo de
tradiciones.
La religiosidad popular carece a
menudo de contenidos estrictamente dogmáticos; de ahí que a veces se puedan
crear ciertas tensiones con la religión oficial. Es más bien un tipo de
religiosidad pragmática, ligada a situaciones o acontecimientos concretos.
Aun así, y a pesar de la tendencia a
“folclorizar” ese tipo de tradiciones religiosas, es imprescindible que no se
pierdan.
La “folclorización” es, por otro
lado, inevitable, y yo diría que hasta necesaria, en su justa medida.
La falta de fe, el consumismo, la
misma ausencia de valores en una sociedad con déficit de visión para mirar más
allá de las pantallas de sus móviles, hacen que estas costumbres sean
absolutamente esenciales para preservar palpitante el hilo de nuestro pasado,
de nuestra cultura, para mantener viva nuestra propia esencia.
A medida que avanzaba la Procesión del
Corpus y dentro del cortejo observé que en él desfilaban jóvenes que parecían seminaristas.
En un momento de pausa, me acerqué a uno de ellos para preguntarle y
confirmarlo. Con la crisis de vocaciones que hay actualmente, me sorprendía el gran
número que acompañaban al séquito procesional. Me corroboró lo que yo pensaba, que
la mayoría lo eran.
Cierto es que la mayor parte de ellos
eran de países hermanos de América del Sur o incluso de África y Asia. Eran fácilmente
reconocibles por el color de su piel o por sus rasgos faciales.
En ese momento me pregunté cuál sería
el futuro de esta tradición o de tantas otras de corte religioso.
En mi fuero interno deseo y quiero
pensar, que nunca desaparecerán. Pero dicho esto, tampoco me cabe ninguna duda
que en un proceso muy lento, eso sí, tendrán que adaptarse a los cambios
sociales y de pensamiento, a la evolución de una sociedad que hoy por hoy
tiende a alejarse de lo que se podría entender como una religión de dogmas.
Las creencias religiosas, el
folclore, las tradiciones, la falta de fe y la cada día mayor crisis de
vocaciones que trae consigo, van a tener que “sentarse” a negociar la manera de
que todos los que disfrutamos con estos actos, creyentes y no creyentes,
sigamos haciéndolo. Y lo más importante, que nuestros hijos y los hijos de
nuestros hijos, las generaciones futuras, lo hagan con el mismo fervor, ilusión,
participación y magnetismo con el que se hace ahora.
Mientras tanto, miremos al futuro con
ilusión, vivamos el presente con alegría y cuidemos el pasado con mimo.
Feliz entrada del verano les deseo
desde esta su columna.
Comentarios
Publicar un comentario
Gracias por su opinión