“Crónica de un día a dos velas”
“Crónica de un día a
dos velas”
La expresión “estar a dos velas”, como ustedes sin
duda sabrán, suele aplicarse a alguien que está sin recursos, sin dinero o en
la propia indigencia. Una de las varias explicaciones del origen de esta
expresión nos habla de que se remonta a las partidas de cartas o juegos de azar
ilegales donde un banquero, para contar el dinero, usaba dos velas. Si un
jugador ganaba todo el dinero del banco, el banquero se quedaba literalmente “a
dos velas”, es decir, sin pasta y solo con los dos cirios encima de la mesa, tieso,
en lenguaje vulgar. Entre sus muchos usos también sirve para describir a
alguien que lleva mucho tiempo sin saborear las mieles del sexo: “Hace mucho
que no me como una rosca, estoy a dos velas”.
Pero el relato de hoy no va de dinero, ni siquiera de
la falta de lo otro. Seguramente ya habrán supuesto por dónde van los tiros.
28 de abril de 2025. Son las 12:33 de un lunes
aparentemente normal, como otro cualquiera, cuando de repente se va la luz.
Uno, en su puesto de trabajo, se queda sin teléfono, internet, correo
electrónico y sin comunicaciones, tan solo a expensas de la batería del
portátil. Saltan las luces de emergencia en todo el edificio. Hasta ahí algo
que, aunque no es lo habitual, tampoco podemos decir que nos sea ajeno. Alguna
que otra vez, bien por averías en la zona o por otras causas, nos hemos quedado
sin suministro eléctrico. Pues nada, toca esperar a que vuelva.
Un minuto después recibo en mi móvil un mensaje
avisándome de que también se han apagado unas cámaras de vigilancia en mi
domicilio. La cosa apunta a una avería en toda la zona -pensé. Algo que no ocurre
asiduamente, pero no descartable, pues se ha dado el caso esporádicamente. Fue
la última vez que vi con vida a mi móvil, antes de su resurrección 14 horas
después. Vacaciones pagadas y descanso para él y, por qué no decirlo, para mí
también.
A partir de ese momento, en mi trabajo empezó a crecer
el revuelo. Que si el apagón ha sido en media Europa, que si en Francia y Suiza
también están igual, que si se ha extendido a Portugal. La cosa tomaba otros
tintes más graves y desconocidos. A partir de ahí ya conocen todo lo que vino
detrás.
En cinco segundos –los mismos que tarda un ministro en
quitarse de en medio- 15 megavatios de energía, según Sánchez, se esfumaron, reformulando
así, nuestro presidente, la Ley de Lavoisier que demostró en su momento aquello
de que “la energía ni se crea ni se destruye, solo se transforma”.
Como en todo este tipo de historias y situaciones -véase
Covid-, al menos tendemos a quedarnos con lo bueno, con lo positivo, que ya
vendrán después las quejas y las denuncias.
Se fue la luz y, cuando ya todo el mundo tenía más o
menos claro que la cosa iba para largo, empezamos a fijarnos en las cosas más
simples de nuestra cotidianidad y de las cuales no nos percatamos
habitualmente. En medio del caos, surgió una paradoja: la desconexión masiva
nos reconectó con nosotros mismos.
Sin móviles, sin internet, sin pantallas que mediaran
nuestras interacciones, las calles se llenaron de conversaciones cara a cara. A
media tarde los parques abarrotados de niños jugando con sus padres. Familias
enteras echadas a la calle y, lo más sorprendente, hablando entre ellos, sin
las cabezas agachadas, en acto de pura sumisión, pendientes del móvil. Fue como
si el tiempo se hubiera detenido. Parecía una imagen traída de 40 años atrás.
Para mí, personalmente, era reconfortante esa visión. La ausencia de tecnología
nos obligó a ser humanos nuevamente, a comunicarnos de manera auténtica, sin
filtros ni distracciones, volviendo a resurgir en nuestra forma más pura.
Nos asustaron, desde la DGT, del riesgo de accidentes
al no funcionar semáforos y nos advirtieron del peligro que corríamos si
salíamos con el coche o incluso andando, cuando cayera la noche. Lo único que
les puedo decir, desde mi propia experiencia, es que se circulaba mejor y más
seguro sin semáforos que con ellos funcionando.
A mediodía, cuando todavía la ciudad estaba atestada
de coches, resulta que nos volvimos, de pronto, más cívicos, más prudentes, más
educados. Cumplíamos escrupulosamente todas las limitaciones de velocidad,
quizás por el temor a algún accidente repentino, y respetábamos las señales de
tráfico. Cedíamos el paso, en un acto de educación y solidaridad, a los
viandantes que iban a cruzar. Sin darnos cuenta, y debido a ese apagón,
sacábamos cualidades interiores que normalmente tenemos ocultas.
Y qué les voy a decir cuando cayó la noche. Coincidió
ese lunes con una luna nueva que hacía que el cielo brillara con inusitada
claridad. Las estrellas y constelaciones tomaron verdadero protagonismo, saliendo
a relucir. Se podían observar como si estuviéramos en plena naturaleza. Eso le
confirió un toque romántico y verdaderamente hermoso a aquella jornada.
Hasta ahí casi todo idílico y maravilloso, pero, sin
desmerecer una cosa, lo alarmante es observar cómo en 5 segundos todo nuestro
mundo se vino abajo -recuerden un artículo que publiqué allá por finales de
agosto pasado hablando sobre el apagón global que se produjo por aquellas
fechas.
La enorme fragilidad en la que estamos sumidos nos
hace altamente vulnerables sin que, y es lo más preocupante, seamos conscientes
de ello. Creo que esto son toques de atención que nos deben de poner en alerta
al respecto.
Las consecuencias económicas y de otras índoles de
este apagón que afectó a España -solo a España-, están todavía por evaluar. Las
causas, a la hora en que se escribe este artículo, se desconocen
verdaderamente. Hay muchas voces y opiniones de índole profesional que se han
expuesto, pero oficial, aún ninguna.
Catorce horas, en mi caso, catorce, fueron las que
tardó en volver el suministro eléctrico. Seis las que tardó el presidente
Sánchez en comparecer para no decir nada. Eso sí, sin saber nada, descartó que la
causa del apagón fuese un problema de "exceso de renovables" y señaló
que exigirá responsabilidades a las eléctricas. Ya tenemos, de momento, un
chivo expiatorio. ¿Quién se atreve a pensar que esto pueda ser una consecuencia
de la nefasta política energética que este gobierno está llevando a cabo? ¡faltaría
más!. Me produce sonrojo y vergüenza ajena. Ya verán ustedes como, después de
una semana de estar calladitos mientras construyen el relato que nos van a contar
a la ciudadanía, resulta que el gobierno no tiene ninguna responsabilidad sobre
ese apagón. Le tendremos, además, que estar agradecidísimos por la rapidísima
solución del mismo.
Este es el primer paso para ingresar en el selecto
club de países donde esto es lo habitual. En cualquier país civilizado y del
primer mundo, esto es impensable.
A pesar de todo me quedaré con una frase que circulaba
días atrás por internet. “A veces, solo a veces, la vida necesita apagarse un
poco para que recordemos todo lo que sigue brillando”.
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