“El gran Marco Aurelio”
“El gran Marco Aurelio”
En mi última columna, días atrás, les
contaba cómo me disponía a comprar un libro como regalo a una persona querida y
cómo me entretuve con otro en la librería en la cual entré. Les prometí
hablarle sobre el primero de ellos y sobre su autor y aquí estoy dispuesto a
hacerlo hoy.
La persona a la que iba destinado tan
peculiar obsequio es aficionada y podría decir, sin temor a equivocarme, devota
de los pensamientos de Marco Aurelio, autor, precisamente, de la obra que buscaba.
Su título: “Meditaciones de Marco Aurelio”.
El texto era especialmente anhelado
por dicha persona. A un servidor, por otra parte, también le complace hacer
este tipo de presentes. Regalar libros siempre ha sido motivo de satisfacción
para mí al igual que recibirlos como detalle.
Marco Aurelio fue emperador romano
desde el año 161 hasta su muerte en el 180. Fue el último de los llamados
“Cinco Buenos Emperadores” –todos de la dinastía Antonina- con el que el
imperio romano cerraba su “Siglo de las Luces” particular. Tuvo un mandato con
luces y sombras, como lo suelen ser todos. Pero sus principales elogios y loas
le vienen del campo intelectual. Ese es el que interesa en este artículo.
Marco Aurelio, además de emperador,
fue filósofo. De la preparación y doctrinas de sus principales maestros en su
juventud, absorbió el interés por el saber y por la filosofía. Y dentro de
ella, principalmente, por su corriente de pensamiento estoicista.
Como emperador quiso siempre llevar
las riendas del Imperio acorde con sus pensamientos más personales. Lo que es
innegable es que tuvo buenos dotes como legislador. Mandó redactar leyes que
protegían a los más desfavorecidos: huérfanos y mujeres abandonadas así como a
esclavos. Tuvo el gran atrevimiento de injerirse en uno de los mayores pilares
de la tradición romana, impidiendo por ley que los padres pudieran elegir
cónyuges para sus hijos. Esto hizo restar poder al símbolo hasta entonces del
cabeza de familia “Pater families”. Una gran revolución legislativa en aquel
contexto histórico.
Una constante en mí es el interés por
los pensamientos y corrientes filosóficas. Sin ser un experto en ellas,
reconozco que todas aportan puntos de vista y enseñanzas inalterables en el
tiempo, en relación con la esencia, el comportamiento y el raciocinio humano.
Quizás por eso, para evitar que los jóvenes puedan pensar, razonar, discernir y
desarrollar su espíritu crítico más de lo permitido, se ha eliminado la
asignatura de filosofía de la ESO. Pero eso es harina de otro costal y tema
para otra columna.
Después de este apunte pelín
malicioso y volviendo al tema central, les puedo decir que hace tiempo leí este
trabajo cumbre y principal de Marco Aurelio, objeto de mi regalo. Aun así, y
antes de envolverlo para su entrega, me adentré de nuevo en él. Leí sus
primeras páginas, una vez más.
“Meditaciones de Marco Aurelio” se
compone de 12 libros, todos ellos soliloquios. Pensamientos del autor, como si
hablase consigo mismo y en voz alta, que trascribe y refleja en sus escritos. Ciertamente,
es un compendio inigualable, e imprescindible diría yo, sobre cómo enfocar la
propia vida y el pensamiento desde un punto de vista estoico, doctrina de la
cual era fiel seguidor y divulgador como he mencionado anteriormente. No es mi
intención relatarles una sinopsis o resumen completo sobre el contenido pero sí
aconsejarle su lectura, en su totalidad.
Entre esos 12 libros en los cuales se
estructura, hay uno, concretamente el primero, que, sin desmerecer al resto, me
ha llamado siempre poderosamente la atención y no precisamente por lo que dice,
sino por el trasfondo.
En esa primera parte agradece, uno a
uno, a todos sus seres queridos y cercanos –madre, padre, abuelo, bisabuelo,
mentores, etc.- todo lo que ha aprendido de ellos.
“Aprendí de mi abuelo el ser de
honestas costumbres y no enojarme con facilidad”.
“De mi hermano Severo amar al
prójimo, pero también a amar la verdad y la justicia”.
“De Máximo aprendí a tener
auto-control y no dejarme desviar por nada”.
“De mi padre la dulzura de carácter
pero también la firmeza en la resolución de lo determinado después de una
debida deliberación”.
“De mi madre aprendí la piedad y la
caridad, así como a abstenerme de malas acciones tanto como de malos
pensamientos.”
Lo realmente magnífico y relevante de
esas reflexiones, al menos para este que les escribe, no son ellas en sí
mismas. Tras esos razonamientos y conceptos hay toda una labor de observación y
reflexión por parte del filósofo, emperador y escritor.
A modo de “papel absorbente”, Marco
Aurelio fue capaz de transformar esas percepciones y contemplaciones y hacerlas
suyas, convirtiéndolas en su “Modus Vivendi”.
Ardua labor esta la de saber observar
con atención y sobre todo asimilar y poner en práctica las enseñanzas y
ejemplos de personas cercanas a nosotros. No es fácil. A menudo, los ejemplos
de nuestros padres, abuelos, maestros y profesores caen en un saco roto sin
más.
En una sociedad como la de hoy, donde
la inmediatez, la fugacidad y las prisas merman la capacidad de detenerse a
reflexionar, donde, como dijo Arthur Conan Doyle, “usted ve pero no observa”, el
aprendizaje a través de la observación y la meditación son valores en alza a la
vez que en desuso.
Y eso, precisamente, es lo que hizo
Marco Aurelio cristalizándolo de manera magistral y prodigiosa en esta obra de
la que les hablo.
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