“El muro de Berlín en Graná”
“El muro de Berlín en
Graná”
El de Berlín se levantó en una sola noche, el de
“Graná” en varios días. Se lo digo salvando las distancias entre uno y otro y
en tono totalmente irónico pero con fondo muy serio. A este que les escribe,
esta Semana Santa y su recién estrenada carrera oficial y organización de tribunas,
le parece un total desacierto.
El Lunes Santo me dispuse a ver alguno de los pasos
que procesionaban y ese mismo lunes se me quitaron las ganas de volver a salir
ningún otro día.
Granada ha estado dividida esta Semana Santa por una muy
visible “Línea Maginot”, por el “Muro de Berlín Granaíno” en que se ha
constituido la enorme, larga y extensa carrera oficial. Desde la puerta de la Basílica
de la Virgen de las Angustias hasta la Catedral, ni más ni menos.
Un “Muro de Berlín” casi infranqueable salvo por los
diferentes “Checkpoint Charlie” a modo de pasos controlados que se habilitaron
para pasar de la Granada “oriental” a la “occidental” y viceversa, eso sí,
aguantando enormes colas ya desde el mismo lunes que hacían que se te quitaran
las ganas de pasar.
Los “granaínos” de la parte oriental teníamos que
comernos los helados de Los Italianos por la mañana, que no había desfiles
procesionales, o bien soñar con ellos pues por la tarde era casi imposible el
paso y solo apto para los muy valientes y pacientes. Un desastre.
Hemos quedado divididos, ahora más que nunca y durante
una semana, en los “granaínos” de la Granada oriental y los de la occidental.
Nunca me había sentido prisionero en mi propia Semana Santa, este año sí.
¡Ay, Granada, mi Granada! Que no hay ciudad en el
mundo que se vista de gala con tanta devoción y, por qué no decirlo, con tanta
parafernalia como la nuestra cuando llega la Semana Santa. Y este año,
¡agárrense los machos! la nueva organización de las tribunas y palcos ha
revolucionado el cotarro cofrade y el paisanaje de a pie.
No sé si ustedes recuerdan la Carrera de la Virgen de
antaño, ese bulevar central donde los abuelos paseaban con el bastón, las
parejas se daban la mano y los niños correteaban esquivando palomas. Pues bien,
este año, la Carrera se ha convertido en el nuevo kilómetro cero de la Semana
Santa granadina. Donde antes había bancos y flores, ahora hay hierros, tablones
y operarios con chaleco reflectante.
El cambio no ha sido moco de pavo. Después de años de
pruebas, debates y alguna que otra bronca de hermandad (que aquí discutir es
deporte local), la Federación ha decidido que la Carrera de la Virgen sea el
nuevo inicio de la carrera oficial. ¿Y qué significa esto? Pues que ahora, en
vez de empezar el desfile en Ganivet, el paso común de las cofradías arranca en
pleno corazón de Granada, con más palcos que nunca y, por supuesto, más
posibilidad de recaudar dinerillo fresco para las arcas cofrades. Aun así,
algunas hermandades han protestado por el cambio de recorrido, por los horarios
ajustados y por la sensación de que la esencia se pierde entre tanto hierro y
tanto protocolo, todo ello sin contar, además, con el esfuerzo extra de los
costaleros al tener una carrera más larga.
Si usted es de los que piensa que montar palcos es
cosa de un rato, le invito a darse una vuelta por la ciudad un lunes cualquiera
de Cuaresma. Los operarios empiezan a primera hora, con la precisión de un
cirujano y la paciencia de un santo. Este año, la novedad es que hay 27
estructuras móviles que se montan y desmontan a diario, como si fueran los
castillos hinchables de las ferias, pero sin payasos. Bueno, alguno habrá, pero
de paisano.
Y claro, con tanto hierro y tanto corte de calle, los
vecinos y comerciantes andaban con el ceño fruncido. Que si no se puede pasar,
que si el camión no entra, que si la clientela se pierde entre vallas. Todo
quejas.
No nos engañemos: la Semana Santa mueve más dinero que
la Lotería de Navidad. Y los palcos, amigo lector, son el nuevo oro granadino.
Este año, con la ampliación del recorrido y la nueva organización, hay 373
nuevos palcos disponibles, todos con sus sillas bien alineadas y vistas
privilegiadas a la procesión.
Las sillas y los palcos en las tribunas se han
democratizado y hoy en día casi todo el mundo puede acceder a ellos. Los
abonados a las tribunas se sienten como marqueses, mientras el resto del pueblo
se apretuja en las aceras, subido a las farolas o encaramado a las vallas, como
si fuéramos monos en la selva urbana. Lo de siempre, nada nuevo. Aquí, como en
todo, el que paga, manda. Y el que no, a buscarse la vida entre empujones y
codazos, que para eso somos expertos en el arte de la supervivencia cofrade. La
Semana Santa es del pueblo y no de unos pocos privilegiados, o eso creía yo
hasta hoy.
Volviendo de nuevo al “muro de Graná” les diré que
considero un total desacierto esta modificación. La Semana Santa de Granada es
única por su mezcla de solemnidad y espontaneidad, por ese cruce de culturas,
olores y sonidos que no caben en ningún palco, por muy bien montado que esté y
por esa libertad para moverse como en ninguna otra ciudad para poder ver este o
aquel paso. Si nos encierran, si nos dividen, si parten la ciudad en dos por su
arteria principal y nos tenemos que aferrar a aguantar las largas e interminables
colas de los pasos “Checkpoint Charlie”, se acabó la gloriosa Semana Santa Granadina.
El sentir popular se terminará por apagar ante los beneficios económicos de
unos pocos. Y lo digo tal como lo siento.
Pido desde esta tribuna -la de Granada Digital, no
desde la de la carrera oficial- una reflexión profunda a las cofradías
granadinas, a las autoridades y a todo aquel que tenga algo que ver con este
desbarajuste para que devuelvan la libertad a la gente y a las calles durante
nuestra Semana Santa. Deshagan -si ello fuera posible- la decisión tomada y
reconsideren que, a pesar de ser algo bueno para sus arcas, no lo es para los
que nos gusta el patear las calles y ver los distintos desfiles con libertad y
desde diferentes ángulos y perspectivas. Este “muro de Berlín granaíno” no ha
funcionado, reconózcanlo, en una ciudad con la arquitectura, el diseño y el trazado
urbano de la nuestra.
Y a usted sufrido ciudadano de a pie, si me permite un
consejo, no se obsesione con el palco perfecto. Salga a la calle, mezcle el
olor a incienso o azahar con el de los churros recién hechos, escuche la música
de la banda y déjese llevar por la marea humana. Porque, al final, la Semana
Santa de Granada es de todos, aunque a veces algunos quieren que parezca que es
solo de unos pocos con silla reservada.
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