“Elvis y el cine”
“Elvis y el cine”
Recordarán Vds. que hace
aproximadamente un mes (2 artículos atrás en el tiempo) les hablaba, con un
poco de guasa, ironía y broma, de mi indagación en el metro con respecto a
encontrar alguna empresa dedicada a la depilación de piernas. Eso por aquello
de la época estival y mi afición a salir con la bicicleta de montaña.
Pues bien, aquí estoy escribiendo,
maltrecho. No, no piensen ustedes que me desgarraron la piel con la depilación,
como les he dicho el comentario era en plan jocoso y no tengo por costumbre ir
a depilarme las piernas para mis salidas veraniegas. La razón no es otra que un
desgraciado accidente con la bicicleta al tener la mala suerte de que se me
cruzara un perro que andaba suelto y echó a correr asustado, parece ser, por
otro de su especie. En fin, un cúmulo de casualidades y mala suerte que
hicieron que me fuera al suelo de manera estrepitosa y dándome un terrible
golpe en todo el lado derecho de mi cuerpo. Ambulancia, policía municipal,
urgencias PTS, etc. Nada roto a excepción de un ligamento del hombro que sufre
rotura parcial. Ahora toca una convalecencia que se aventura no corta y con
fisioterapia. Desde aquí quiero agradecer al dueño del animal su buena
predisposición y ayuda para todo lo que se refiere a mi recuperación.
Tras este preámbulo, y pasando a la
verdadera razón de este artículo, les debo decir que este pasado mes de junio,
ya casi a finales del mismo, se estrenó en España la película “Elvis”. No
recuerdo habérselo dicho, se lo digo ahora, me gusta el cine. No soy de esas
personas que se lo tragan todo. Quiero decirles que no me gusta el séptimo arte
a cualquier precio. Soy más bien, podríamos decir, “rarito” en cuanto a gustos.
Muy básico, para que nos entendamos.
Cuando me presento en una sala a disfrutar
de una “peli” no voy buscando una buena fotografía (si me la encuentro pues
mucho mejor). Tampoco presto atención al nombre del director o directora o a quién
ha diseñado el vestuario o compuesto su banda sonora, ni siquiera en quién la
protagoniza. Como les he dicho soy muy simple para esos temas.
Eso no quiere decir que no sepa
apreciar una buena fotografía o un buen
vestuario, caracterización o partitura pero, en principio, me rijo más
por la temática. Soy de determinadas tramas o materias. Ya les hablaré otro día
de ello y con más detalle.
El caso es que uno de esos argumentos
que me atraen está muy en boga últimamente. Les hablo de las biografías de
personajes históricos o relevantes, en general, y las de los grupos o cantantes,
en particular, llevadas a la gran pantalla. Celebridades que son historia por
su trascendencia y significación. Particularmente
me entusiasman las últimas biografías –biopic- filmadas. He visto todas las
realizadas hasta hoy y les confieso que aprendo mucho.
Conocer la vida y carrera, por
ejemplo, de Freddy Mercury, sus orígenes y cómo llegó hasta donde lo hizo, es
algo que me fascinó en su día. Luego, después de ver cada película de este
género, suelo ampliar la información recibida y contrastarla para hacerme una
idea aproximada y real de cuánto hay de cierto o de ficción en lo visto. Es una
tarea que me llena y que me aporta mucho, además de distraerme.
Pues bien, la última que he tenido
ocasión de visionar, como pueden haber presumido al leer el título del
artículo, ha sido “Elvis”. Película biográfica con tintes de drama (como no
podía ser de otra manera) sobre la vida del “Rey del Rock”. Más de dos horas y
media de duración, ya les aviso por si la quieren ver.
No soy crítico de cine, Dios me libre
y sobre todo les libre a ustedes, ni pretendo serlo. No puedo hacer una
valoración profesional y experta de la misma. Solo les diré que, en comparación
con la que se hizo sobre Queen y Freddy Mercury, esta me ha parecido, a ratos, demasiado
estridente en cuanto al binomio banda sonora/imágenes.
Había momentos en que, al menos a mí,
me daban ganas de salir de la sala. Quien ande un poco estresado que se lo
piense antes de verla pues se le acelerará aún más la mente. Por lo demás
magnífica en lo que se refiere a protagonistas y reparto, ambientación,
vestuario, etc.
Yo le pondría una objeción y se la
defino en las siguientes líneas. La historia de la vida de Elvis está contada
en primera persona, pero no por él, sino por el que fue su mánager (interpretado
magistralmente por Tom Hanks).
Este matiz le resta, a mi juicio,
interés. El punto de vista de quien la narra se manifiesta como poco objetivo. El
mánager de Elvis, Tom Parker, conocido como el “Coronel”, se muestra en la
cinta como un personaje controvertido y con un lado ciertamente oscuro.
Desconocía tan a fondo la vida,
trayectoria profesional y vicisitudes de Elvis Presley. Tan solo estaba al
corriente de lo que cualquier mortal curioso pudiera estarlo. He escuchado
muchísimas veces prácticamente todos sus temas. Estaba al tanto de su relación
con ciertas drogas y medicamentos. También tenía conocimiento de su auténtica
obsesión por la ingesta de calorías en sus últimos años de vida. Toda esa bomba
de relojería podría haber sido el detonante infalible del infarto que acabó con
su andadura por este mundo.
La película está hecha desde el
respeto que debería ser habitual al tratar estos asuntos. Resalta los logros
del protagonista y hace mención, pero sin profundizar ni banalizarlos, a sus
demonios personales. No se adentra incisivamente en los momentos más oscuros de
su vida.
Pocos días después de verla, y tras
haber reposado toda la información recibida a través de ella, me puse con mi
“deporte favorito”. Indagar más a fondo, contrastar diferentes lecturas y
opiniones fiables, consultar su biografía oficial y alguna que otra no tanto,
ocuparon muchos de mis ratos libres. Necesitaba saber más.
Al final de todo eso, y tras un
sinfín de información almacenada en mi cabeza, llegué a la conclusión de lo
realmente tristes, solitarias y desoladoras que pueden llegar a ser esas vidas
que desde fuera pudieran parecernos tan
fascinantes.
Eso, realmente, lo imaginaba ya. No
es la primera vez que este tema surge en conversaciones. Representantes o
mánagers interesados solo en que el “producto” reporte beneficios, en estrujar
al máximo la gallina de los huevos de oro, falsos amigos buscando celebridad,
dinero y fama. Todos ellos son elementos comunes sobre los que suelen sostenerse
esas vidas. Y luego está ese glamour, ese desmadre, ese querer probarlo todo
que desemboca, sin remedio y en muchos casos, en un profundo precipicio de
soledad y abandono.
Mi padre solía definir todo esto muy
bien con una sola frase: “No es oro todo lo que reluce”.
Y, efectivamente, llevaba mucha razón.
A veces merece la pena pasarse por el
cine Madrigal -larga vida al mismo- y ver cine de autor. Quizás no disfrutemos
del morbo del estrellato de grandes ídolos ni de su música pero, generalmente,
acostumbran a ser historias que no suelen dejar impasible a quien disfruta de
ellas. Nos hacen sentir más con los pies en la tierra, por decirlo de alguna
manera, ¿no les parece?
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