"Esperanza en colapsar"

 


“Esperanza en colapsar”

Hoy les traigo una reflexión en cierto modo pesimista pero sin el menor atisbo de ennegrecer nuestra existencia a pesar de ella. En estos tiempos tan convulsos, tan inciertos, tan cambiantes, con una realidad en muchos casos tan aplastante como hiriente, se alzan voces de pensadores que, quizás con el pesimismo a cuestas o tal vez no, nos dicen que todo se va al carajo y si no lo expresan abiertamente, al menos lo plasman como deseo personal e íntimo.

Hace unos días pude leer una entrevista al prestigioso antropólogo y pensador británico Tim Ingold en la que hablaba sobre su último libro, un ensayo en el que refleja de manera clara la gran dificultad existente para abordar la forma en que se relacionan las distintas generaciones.

Hoy en día -según Ingold- la modernidad nos ha impuesto la metáfora de la “pila”, donde cada generación se asienta como sustrato sobre la anterior, reemplazándola y condenada a su vez a ser suplantada por la siguiente. Es la llamada Generación Ahora, donde se marginan y separan a los jóvenes de los mayores creando una “doctrina del reemplazo”, muy perniciosa y peligrosa. Y todo ello en nombre de un supuesto progreso.

Frente a este modelo, el antropólogo propone en su ensayo otro que él llama “cuerda”, donde las vidas de las diferentes generaciones se entrelazan, precisamente como un cordón, colaborando entre ellas. Aún así, este pensador no tiene mucha confianza en que esto pueda suceder y en la entrevista muestra su esperanza de que la sociedad actual, tal y como la conocemos, colapse y se desmorone para que se pueda construir sobre otros cimientos.

Todo se torció cuando algunas personas decidieron, en su día, que: “vosotros los niños, tenéis que ir a la escuela y vosotros los mayores tenéis que iros a una residencia” -respondía Ingold en la entrevista. Y ahí empezó toda esa ruptura generacional.

Me recorre un frio repelús solo de pensar en la forma en que ese desmoronamiento pudiera suceder y más aún, sobre qué cimientos se podría construir una nueva sociedad. Seguramente no quedarían cimientos y menos aún material para una nueva construcción.

 Esa idea del colapso es como uno de esos zumbidos persistentes en el fondo del oído. Y no es catastrofismo lo que nos expone Ingold, sino una especie de sospecha callada y compartida por muchos que pocos se atreven a decir en voz alta. Por otra parte, las noticias no ayudan: incendios forestales en lugares donde nunca antes ardía nada, sequías sin tregua, migraciones forzadas por el hambre o la guerra, gobiernos tambaleantes y tecnologías que crecen más rápido que nuestras cabezas, son un claro ejemplo de ese pesimismo Y, por encima de todo, una especie de parálisis generalizada, una incapacidad para imaginar otra manera de estar en el mundo que no sea productiva, acelerada y con un modelo extractivista de explotación en cuanto a los recursos naturales se refiere.

El colapso —como lo entiende el antropólogo británico- no es necesariamente un derrumbe súbito, un “día del juicio final” con cielos enrojecidos y trompetas celestiales. No se trata de un apocalipsis cinematográfico donde los supermercados se vacían en tres horas y los zombis salen de las alcantarillas. Es más sutil, más inquietante. Es un proceso de erosión de los vínculos que nos sostenían, una desconexión con los demás, con la tierra, con nosotros mismos.

Cuando profundicé un poco más en esa teoría del colapso, me di cuenta de que, al menos, Ingold propone que en lugar de seguir sosteniendo esta civilización a base de parches y soluciones técnicas, deberíamos atrevernos a dejarla caer. Pero no como quien tira un jarrón al suelo por rabia o desdén, sino como quien deja morir un cuerpo enfermo para que algo nuevo pueda nacer. Un colapso entendido no como final, sino como transición.

Pienso en todo lo que se ha venido abajo en los últimos años: la confianza en las instituciones, la sensación de un futuro incierto -sobre todo para los más jóvenes-, la idea de que el planeta era una máquina infinita que podíamos explotar sin consecuencias. Pienso en cómo la pandemia nos obligó a pararnos y a mirar a nuestro entorno como algo frágil y pienso en lo poco que aprendimos de todo aquello.

En fin, qué más les puedo decir, me impactó la visión de este antropólogo y pensador sobre las relaciones humanas en el mundo de hoy y quería transmitírsela. No se trata del fin del mundo sino del fin de un mundo, es la conclusión que podemos sacar.

No nos da recetas ni ofrece salvaciones fáciles ni manifiestos revolucionarios a los que acogerse, nada de eso. Tan solo propone volver al arraigo, a escuchar, a detenerse, a la reciprocidad, a estar en relación con los demás. Y todo ello incluye incluso el simple hecho de volver a ver a los árboles como seres vivos y no como meros recursos.

Yo no quiero entender ese colapso como una tragedia, sino como un volver a empezar, como una tregua o mejor aún, como una invitación para un reseteo muy necesario.

Y además, no me gustaría ni quiero ser pesimista al respecto. No deseo que se cumpla aquello que en su día dejó escrito Mario Benedetti en su libro “Rincón de Haikus”: “Un pesimista es un optimista bien informado”.

Habrá que pelearlo mucho, mucho.


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