“Freila y sus vinos por San Marcos”
“Freila y sus vinos por
San Marcos”
Si tuviese que proponer algún rincón de
la geografía de la provincia granadina donde con más cariño sus gentes acogen y
abrazan al visitante, ocupando un lugar de honor, estaría Freila. Yo, que ya
los he recorrido casi todos, doy fe de ello. Un lugar donde desde el mismo momento
en que llega uno ya se siente integrado por el cariño y la cercanía de sus
vecinos. Como si hubiera nacido allí o llevara toda la vida entre ellos.
Las Fiestas de San Marcos en este pintoresco
pueblo, donde tienen un alcalde que se llama José y le llaman Paco –a ver qué villa
de la provincia puede presumir de ese dos en uno-, son un momento especial en
el calendario local. Entre las muchas tradiciones arraigadas en estas
celebraciones, destaca un evento que deleita los sentidos y eleva el espíritu
de los asistentes: el concurso de cata de vinos.
El ayuntamiento de esta coqueta y
recogida localidad tuvo a bien, en un acto mezcla de temeridad y heroísmo, el aceptarme
como jurado en el concurso de cata de vinos que se celebró durante las fiestas.
Es más, Guido –hipocorístico o apodo de Guidobaldo-, concejal de fiestas, tuvo el
atrevimiento, agradecido por mi parte, de convocarme para el “próximo partido”
el año que viene y repetir como jurado. Dios los bendiga muchos años y les
premie su osadía y confianza hacia mí.
Allá por finales de la década de los
noventa realicé un curso de degustación de vinos, solo por afición, nada
profesional. Ahora he tenido que desempolvar aquellos apuntes, recordar conceptos
como expresividad, matices, frescura, taninos, retrogusto y alguno que otro más
y, cómo no, afinar mi paladar más de lo normal. Había que estar a la altura de
la confianza que habían depositado en mí. Este servidor suyo, aficionado y
apasionado de los caldos de las viñas en general y devoto de los vinos
españoles en particular, tuvo que tirar de apuntes y volver a entrenar el
paladar para esta cata.
Y llegó el momento. Lo primero que me
sorprendió fue el número de vinateros presentados al concurso. Dieciocho fueron
los mismos. Más tarde me pude enterar de que en la edición del año anterior
fueron veintidós. Muchos, a mi parecer, para un pueblo tan pequeño, lo que le
otorga, aún más si cabe, un plus añadido de respeto a las gentes de Freila y a
sus viticultores. Había tanto caldos jóvenes como más madurados y tanto blancos
como tintos. La justa no era pues del todo igual pero había que abstraerse de
esa particularidad y centrarse en otros detalles.
Esto de ser jurado en un concurso de
catas de vinos no es fácil, y les pongo un ejemplo. Tengo un conocido al que,
para gastarle una jugarreta, lo propusimos entre algunos colegas como miembro
de un jurado de cata de vinos. Él, que no estaba acostumbrado al alcohol y que desconocía
que no había que beberse al completo todas las muestras presentadas, que tan
solo era un sorbito, aceptó sin saber los efectos secundarios posteriores. Al
terminar de probarlos todos y acabar la cata, le preguntamos qué le habían
parecido los vinos. Seriamente perjudicado por el alcohol, sujetándolo entre
dos amigos para que sus piernas no le fallaran y con la lengua trabada, mal
coordinada, torpe y de manera trastabillada, nos dijo que seis eran estupendos,
y nosotros unos canallas y unos cabritos. Imaginen la escena de la susodicha
encerrona. Bromas aparte, en este concurso de Freila todo salió a pedir de
boca.
Tuve, además, la ocasión de conocer y
compartir buenos momentos con personajes entrañables como José María, director
de la banda de música del municipio o Carmen, una dicharachera y simpática
mujer, casada con un oriundo del pueblo y que actualmente vive en Valencia.
Cada vez que puede viene por Freila y especialmente en ocasiones como lo fue
esta.
En la mesa del jurado, a mi lado,
estaba Nati. Ella es la principal precursora en Freila de un interesante proyecto,
que es ya más realidad que propuesta, para revitalizar, impulsar y conocer
mejor su pueblo y por ende la comarca.
¿Quién no ha oído hablar del Camino
de Santiago en Galicia? Pues por Freila pasa otro, menos conocido de momento,
pero tan singular y atractivo como el primero.
Les hablo del “Camino Espiritual del
Sur”. Esta ruta es, como se indica en su página web, una peregrinación a las
raíces del cristianismo en España. Se trata, ni más ni menos, que de un peregrinaje
a través de todos los pueblos de la comarca de Guadix y Baza, con final en la
Real Basílica de Caravaca de la Cruz, en la Región de Murcia.
Tras el concurso de cata Miguel Ángel
Sánchez Rubí, pieza fundamental de esta gran idea, y Nati, nos presentaron
dicho camino a través de unas interesantes explicaciones sobre el mismo
apoyadas en diapositivas. Yo, desde aquí, les animo a ahondar más sobre él y
¿por qué no? a lanzarse a su realización. Lo visto en esta presentación es más
que prometedor y hermoso. Iniciativas como esta son las que crean la riqueza y
el despegue de comarcas, fomentando además la ilusión entre sus gentes.
Y volviendo al tema central de esta
columna, les puedo decir que para los habitantes de Freila, el concurso de cata
de vinos es un evento muy esperado que refleja el orgullo y la pasión por su
tierra y su patrimonio. Es una ocasión para reunirse con amigos y vecinos,
compartir experiencias y crear recuerdos inolvidables, mientras se brinda
homenaje a una de sus tradiciones más arraigadas. Es más que un simple certamen,
es una oportunidad para explorar la riqueza de los viñedos locales y descubrir
nuevos sabores.
Además de la competencia en sí misma,
el concurso durante las Fiestas de San Marcos es también una oportunidad para
celebrar la cultura local y promover el turismo en la región. Los visitantes
tienen la oportunidad de sumergirse en el encanto de este pueblo, explorar sus
pintorescas calles y disfrutar de su entorno y sus gentes.
Y puestos ya a imaginar, imaginen
esto: las calles de Freila adornadas con banderas ondeantes y una energía
palpable que te hace sonreír nada más llegar. Es así como comenzó para mí esta
emocionante aventura a la que fui gentilmente invitado. Con el concurso
concluido y los premios repartidos, los participantes nos reunimos en torno a
una gran mesa para brindar y disfrutar de las magníficas viandas locales.
¡Viva Freila y su patrón San Marcos,
sus gentes, su sabor a pueblo auténtico y, cómo no, sus magníficos vinos!
Aceptada queda su invitación para el
año próximo con mi eterna gratitud.
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