“Granada tiene pocas luces”

 


“Granada tiene pocas luces”

Atraído por la magia de Granada y nuestra vieja amistad y aprovechando un par de días de descanso en su trabajo, recibía hace unos días la visita de un amigo del otro lado de España. Paseábamos, ya tarde y caída la noche, por un vial de las afueras de Granada. Dicha vía, que debería estar acabada y desdoblada al tráfico hace ya unos 15 años por parte del Ayuntamiento de Armilla ofrece unas extraordinarias vistas de toda la ciudad de Granada. Desde esa zona, y a poco que caiga la noche, se divisa una imagen espléndida de una Granada iluminada que inspiraría seguramente aquello que dijo D. Antonio Machado: “Todas las ciudades tienen su encanto, Granada el suyo y el de todas las demás”.

En un momento del paseo sin rumbo fijo, mi amigo se detuvo contemplativo. ¡Que hermosa está la Alhambra!¡Su iluminación resalta su belleza!

Yo intenté encontrar esa visión pero no logré hallarla. Disculpa, yo no veo la Alhambra por ningún sitio -le contesté. ¡Sí! ¿no la ves cómo destaca?. Perdona Fernandito, aquello no es la Alhambra, aquello que destaca tanto es el Hotel Alhambra Palace, no la Alhambra -le aclaré. ¿Y dónde está la Alhambra? -me preguntó con ávida curiosidad.

¿Recuerdan ustedes aquél entrañable personaje cegatón de dibujos animados que se llamaba Mr. Magoo y que tenía siempre fruncido el ceño por su corta vista? Pues esa cara tuve que poner yo en ese momento para averiguar dónde estaba nuestro excelso monumento de fama mundial. Apenas conseguía intuir la Torre de la Vela. Brillan más desde lejos el Hotel Alhambra Palace o el famoso cubo de la antigua Caja de Ahorros, además de algún que otro edificio emblemático de la ciudad, que nuestro símbolo más representativo.

Nuestra Alhambra, ese monumento que pone a Granada en el mapa del mundo, es un espectáculo al atardecer. Cuando el sol se despide, la silueta de la fortaleza se recorta contra el cielo con una belleza que corta el aliento. Pero cuando cae la noche, el espectáculo se convierte en un juego de sombras que deja más dudas que certezas.

Si estás a sus pies, desde el Paseo de Los Tristes, la cosa cambia pero desde las afueras de la ciudad se produce el truco de David Copperfield, la Alhambra desaparece. Quiero pensar que sea esa precisamente la única perspectiva desde la que no se pueda otear a lo lejos el palacio nazarí, y sí desde otras.  

A veces pienso que en Granada hay un pacto secreto con la luna. No se me ocurre otra explicación para la pobre iluminación que reina en algunas de sus calles y plazas y sobre todo en la Alhambra. Parece como si alguien haya decidido que la mejor manera de resaltar la mística de la ciudad es sumergiéndola en sombras, confiando en que la historia y el embrujo nazarí brillen por sí solos.

Un paseo, días después, por la Plaza Bib-Rambla me hizo de nuevo recordar aquella conversación con mi amigo.

A esta emblemática plaza le falta luz a todas luces. Las bombillas deben de ser de bajo consumo, pero tan bajo que apenas disipan las sombras. Con la belleza tan personal que tiene esta plaza y lo poco aprovechada que está -pensé.

Me pregunto si habrá alguna extraña razón que el ciudadano de a pie desconozca para que la Plaza Bib-Rambla esté casi a oscuras.

Y ya que andamos por esa zona de la ciudad, pasemos a la Plaza de las Pasiegas. La tan traída y llevada iluminación de la catedral, aquella que pensábamos iba a marcar un antes y un después en el resalte de su belleza. ¿Se han dado cuenta ustedes de lo pobre que la han dejado para lo que esa Sagrada Catedral se merece? Al menos a mí me lo parece. ¡Tanta espera e ilusión para ver el resultado y……lástima!

En el centro tampoco mejora mucho la cosa. La Gran Vía de Colón, arteria principal de la ciudad, tiene farolas, sí, pero su luz parece más decorativa que funcional. Y si te aventuras por el Realejo o el Sacromonte de noche, mejor lleva una linterna o confía en la buena voluntad de algún conductor que ilumine el camino con los faros de su coche.

La cuestión no es solo la Alhambra. Granada, en general, parece abrazar un concepto de iluminación urbana basado en la austeridad extrema. En algunas zonas del Albaicín, más que farolas hay insinuaciones de luz. Quizá sea un homenaje a la época medieval, pero lo cierto es que resulta un tanto inquietante andar por esas calles estrechas, adoquinadas y misteriosas con la sensación de que en cualquier momento pueda abordarte alguien a capa y espada…..o navaja.

Más allá de la incomodidad, la escasa iluminación en Granada plantea un problema de seguridad. No es solo el riesgo de tropiezos y caídas, sino también la sensación de vulnerabilidad que puede generar caminar por zonas poco iluminadas. No es que la ciudad sea especialmente peligrosa, pero no es lo mismo pasear por un lugar bien iluminado que avanzar casi a tientas como si estuvieras en una casa encantada.

Además, la iluminación deficiente también afecta a la belleza de la ciudad. Granada tiene rincones de una hermosura que quita el hipo, pero si no se iluminan bien, se pierden en la oscuridad. No es cuestión de llenar todo de luces estridentes, pero sí de buscar un equilibrio que permita disfrutar de la arquitectura y el ambiente sin forzar la vista.

Si la iluminación de Granada fuera una novela, sería una de misterio y quizás algo de miedo. Y si fuera una película, seguramente tendría más tomas a oscuras que una cinta de cine de algún novato director experimental.

Pero, con todo y con eso, la ciudad sigue teniendo un encanto difícil de igualar. Eso sí, si vienen de visita, tráiganse linterna. O mejor aún: adopten el espíritu granaíno, confíen en la luna y déjense llevar. Pero si tropiezan con un adoquín, no digan que no les avisé.


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