“Irlanda, vida y muerte”
“Irlanda, vida y muerte”
Irlanda, una isla bañada por el
Atlántico, es mucho más que verdes paisajes, castillos y rica historia. Su
cultura, profundamente arraigada en tradiciones ancestrales, ha forjado una
visión única sobre la vida y la muerte. La muerte, lejos de ser un tema tabú,
forma parte integral de la identidad irlandesa. Esta aceptación de la
mortalidad se refleja de manera palpable en sus cementerios, que son mucho más
que lugares de descanso final. Son hermosos espacios sagrados y lugares de
reunión con los ancestros además de testimonios vivos de un pasado rico y
complejo.
La muerte, como fenómeno universal, ha sido y es
tratada de diversas formas en cada cultura, impregnada de significados,
rituales y actitudes particulares. También en España ha jugado un papel crucial
a lo largo de la historia. Moldeada por siglos de influencias religiosas,
culturales y sociales, la relación que los españoles tenemos con la muerte está
profundamente influenciada por la tradición católica, pero también por
elementos paganos y costumbres locales.
No quiero caer en la tentación de vanas comparaciones
porque, además, no es esa la intención ni el fin de este artículo. Sin embargo,
es imposible tratar este tema sin que, inevitablemente, mi mente vuele desde
aquel país al nuestro y viceversa.
Irlanda, con inmensa influencia celta en su historia,
sigue preservando tremendamente aquella identidad. Esto se refleja de manera
palpable en la defensa del gaélico o irlandés como idioma autóctono del país.
Pero también en sus cementerios.
En lugar de centrarse en el dolor y la pérdida, los funerales
irlandeses suelen ser celebraciones de la vida del difunto. Se destacan sus
cualidades y su impacto en las vidas de los demás. Esta perspectiva positiva de
la muerte ha contribuido a crear una cultura en la que la esta no es temida,
sino aceptada como una parte natural del ciclo de la vida. Y esto se ve con
claridad en cuanto uno pone pie en ese maravilloso país.
Los cementerios irlandeses, monumentos históricos, serenos,
pulcros y sosegados, suelen estar ubicados en lugares pintorescos y siempre junto
una iglesia. Es imposible visitar una parroquia, en cualquier remoto pueblo
irlandés, que no tenga junto a ella su cementerio. Las tumbas están adornadas
con cruces celtas, símbolos paganos y epitafios poéticos.
Con enrejadas y adornas puertas de hierro, siempre abiertas,
y muros bajos de piedra que les dan, más si cabe, un tinte y carácter bucólico
y romántico, estos lugares se entremezclan y se integran con una naturalidad
asombrosa con su entorno. A veces incluso lindan de manera ordenada y clara con
patios de casas particulares.
El pueblo irlandés lleva en su ADN una concepción de
la muerte intrínsecamente ligada a la vida. Esta visión, influenciada por las
antiguas creencias celtas y el cristianismo, ha dado lugar a una serie de
costumbres y tradiciones que celebran la vida y honran a los difuntos. Los
irlandeses aceptaron la promesa de la resurrección y la vida eterna que les
prometía la fe católica, pero mantuvieron su enfoque más natural y cotidiano
hacia la muerte, la cual, para ellos, no es un final abrupto, sino una
transición hacia otro plano de existencia. Quizás sea eso lo que explique esa
naturalidad con que la viven.
Al viajero que llega a este hermoso país le es
imposible abstraerse de todo esto pues enseguida queda impregnado, se quiera o
no, de esa perspectiva que componen los camposantos irlandeses y el verde de
sus prados y colinas, a modo de pinturas paisajísticas.
En el suroeste de Irlanda, junto a su abrupta,
majestuosa e imponente costa que mira al Océano Atlántico, existe un pequeño
pueblo, de unos amables y serviciales mil habitantes, y perteneciente al
Condado de Kerry, llamado Cahersiveen. Tiene la temperatura media más alta de
Irlanda y un aire limpio y fresco gracias, precisamente, a sus cinco kilómetros
de costa atlántica. De él, George Bernard Shaw dijo que “en este lugar uno se pregunta por qué se queda alguien en Dublín o
Londres o París, cuando sería mejor vivir en una tienda o en una cabaña, con
este magnífico mar y cielo, y respirar este maravilloso aire que es como el
vino en los dientes”.
Su iglesia toma el nombre en honor a Daniel O'Connell “El
Libertador”. Oriundo de Cahersiveen y principal propulsor, por la vía
diplomática, de la emancipación católica de Irlanda del Reino de Gran Bretaña.
Es un héroe nacional y se le profesa gran admiración.
Junto al templo, y como no podía ser de otra manera,
hay un pequeño cementerio. Mis pasos y la casualidad me llevaron en su momento
a descubrir la tumba de otro auténtico héroe, también nacido en Cahersiveen, y
al cual le profeso especial admiración y respeto. Fue un momento inesperado, de
sorpresa y emoción, a partes iguales. Allí, bajo una sencilla lápida que estaba
encabezada por la inscripción “God has no country” (Dios no tiene país), descansan los restos de Monseñor Hugh O’Flaherty. ¿Y
quién fue este “cura”, como les gustaba a los nazis llamarle?
A quien le apasione la historia, y más concretamente
lo referente a la II Guerra Mundial y su relación con el Estado Vaticano, sabrá
de lo que hablo. Monseñor O’Flaherty aprovechó su cargo e influencia en la
Santa Sede para crear una casi perfecta red secreta de ocultación de judíos, soldados
aliados o integrantes de la resistencia italiana. Se trataba de no caer en las
terribles garras nazis en la Roma ocupada, valiéndose incluso para ello de los
más diversos disfraces para despistar o engañar a los soldados del ejército
alemán que andaban tras él. Se servía de pisos, apartamentos e incluso
conventos para esconder a los perseguidos. A él se le atribuye el haber salvado
a más de seis mil personas. Todo ese agradecimiento en forma de recuerdo se puede
apreciar cuando se visita su tumba, la cual está cubierta de centenares de
piedras -a modo de legado y memoria- dejadas sobre ella, por judíos y no
judíos.
Monseñor O’Flaherty tuvo
un feroz e incansable enemigo, Herbert Kappler, jefe de la Gestapo en Roma. Un
gobernador nazi sin ningún escrúpulo y cuyo único objetivo era acabar con los
núcleos de resistencia italiana y que se enfrentó directamente a O’Flaherty sabiendo que era él quien encabezaba la
organización.
Toda esta apasionante historia está refleja en una
extraordinaria película “Escarlata y Negro” (1983), donde Gregory Peck
interpreta de manera majestuosa a Monseñor O’Flaherty
y Christopher Plummer borda el papel de Kappler.
Se da la circunstancia de que, a punto de ser liberada
Roma por los aliados y viéndose ya detenido el cruel jefe de la Gestapo, él mismo
solicitó a O’Flaherty que sacase de Roma a su mujer e hijos de la ciudad para
que no fueran detenidos por los aliados. Aunque O’Flaherty se niega y le dice, en una
acalorada conversación, que no lo hará, al final utiliza su red de escape y los
pone a salvo fuera de Roma. Sin duda una película extraordinaria, basada en
hechos reales y de los cuales fue protagonista este Monseñor irlandés.
Y esto es Irlanda, tierra de vida, muerte, historia y
paisajes de increíble belleza, pasado, presente y futuro.
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