“Mis problemas con las ovejas”
“Mis problemas con las
ovejas”
Me declaro incondicional absoluto de
nuestro gran Loquillo. Pasando por sus diversas etapas, desde su inicio con los
Trogloditas y en su versión menos conocida en solitario, siempre ha sido para
mí uno de los principales referentes de la música en España. Afortunadamente
para los que nos gusta el rock, sigue ahí, en la brecha.
En el año 1987 publicó un álbum
titulado “Mis problemas con las mujeres” que incluía una canción homónima la
cual daba nombre al mismo. “Hay cosas que un hombre nunca llega a saber, los
deseos ocultos de una mujer…..”, decía la letra.
Este que les escribe se está repensando
la idea de escribir una canción que titularía “Mis problemas con las ovejas”.
La letra podría contener como parte de ellas algo así:
Pedaleando tranquilo en mi bicicleta
audaz,
una oveja perdida, ¡vaya lío en el
camino capaz!
Ella, quieta, se fija en mí.
Me mira con dulzura,
sube la temperatura.
Llamo a la Guardia Civil con aire
risueño,
"¡Oveja en apuros! Necesita un dueño".
Con uniforme y casco, la ley acude
veloz,
rescatando la oveja, ¡qué escena de
jolgorio y voz!
Bici, borrego y autoridad, un cuadro
surreal,
en esta comedia rural, la risa es el
laurel.
Ella sigue quieta.
¡Menuda papeleta!
Y todo por la bicicleta.
No me ganaría la vida componiendo versos ni canciones, soy
consciente de ello, me gusta el verso libre.
Hace un par de veranos andaba yo en
una de mis rutas en bicicleta. Era un día muy caluroso, típico de esos de
cambio climático que ya existían en mi niñez. Estaba atardeciendo y volvía a
Granada por uno de los carriles bici que rodean nuestra ciudad cuando de
repente me percaté de la presencia de una oveja aparentemente abandonada junto
al mismo. Estaba atada a un palo con una cuerda y con claros síntomas de ahogo.
Además estaba preñada, a punto de parir, o por lo menos esa era la sensación
que me daba. No había pastor ni rebaño cerca de allí.
Cuando veo a un animal sufrir o con problemas, ya
sea de dos o cuatro patas, no puedo evitar intentar ayudarle. Instintivamente paré,
bajé de la bici y me acerqué a ella. Al ver su estado lo primero que hice fue
intentar darle un poco de agua de la que llevaba en mi botella de ciclismo. La
pobre no pudo ni hacer el amago de probarla. Ante eso y comprobar que su
respiración era muy dificultosa y casi asfixiante, decidí llamar al 112. Y aquí
empezó mi odisea.
- 112, dígame
- Buenas tardes señorita, -pasé a
continuación a explicarle la situación en que me encontraba.
- ¿Sabe usted el término municipal
dónde se encuentra la oveja? Es para saber a quién compete -me respondió.
- Pues no señorita, desconozco si es
Granada capital o municipio aledaño.
Procedí a darle una descripción
visual del lugar dónde me hallaba para tratar de situarla.
-Era para ver a quién dirigíamos este
tema. Esté usted atento que le llamarán en pocos minutos -terminó por decirme.
Pasaron unos 15 minutos, ya empezaba
a anochecer y allí me tenían ustedes, junto a la pobre oveja esperando, cuando
me sonó el móvil.
- Buenas tardes, aquí la Policía
Local de… -omito el pueblo por no herir posibles sensibilidades-, nos comunican
que ha encontrado una oveja abandonada en nuestro término municipal.
- Pues debe ser que sí –le respondí.
- Mire usted, es que no podemos
acercarnos a recogerla. ¿Podría usted acercárnosla a nuestra jefatura?
Esa fue la respuesta. ¿Se imaginan
ustedes a este que les escribe con una oveja a punto de parir en una mano y tirando
de ella y en la otra mi bicicleta camino de la jefatura de la Policía Local del
pueblo en cuestión? Pues eso es lo que
le contesté al policía local que me llamó.
-Mire –le dije-, lo que tenía que
hacer ya está hecho, y como usted comprenderá no voy a ir paseando una oveja
como si fuera un perrito hasta su pueblo. Así que aquí la dejo y ya vendrá
alguien a recogerla que se me hace de noche. Y así fue, al día siguiente pasé y
ya no estaba.
A esta aventura hay que sumarle otra hace
un par de semanas de parecida índole y otra vez a una oveja como protagonista.
Debe de ser mi sino.
De nuevo con mi bicicleta una mañana
me percaté de que un grupo de unos 10 perros, no hacían más que ladrarle y
enseñarle los dientes a “algo” que había entre unos enormes riscos en el cauce
seco del río Dílar. Los perros, aunque numerosos, no eran de gran tamaño, por
lo que me atreví a bajarme de mi bici y espantarlos. Al acercarme al cauce del
río pude ver –una vez más- una oveja tumbada, en esa postura en la que se
suelen colocar cuando están descansando, entre las enormes piedras. Tenía
pequeñas dentelladas de los perros que le habían mordido. Tampoco rastro de
rebaño ni pastor.
De nuevo llamada al 112 y de nuevo
también otra espera a que vinieran, esta vez sí y media hora después, los
agentes del Seprona. Tuve un intercambio de llamadas -aprovecho para decirles
que las llamadas al 062 no son gratuitas-, con la Guardia Civil, para indicarles
exactamente el lugar. Tomaron fotografías de la oveja, la cual no se podía
mover. Me dijeron que al ser domingo no podían consultar la base de datos
oficial, pues estaba con su chapa identificativa, para saber a qué ganadero
pertenecía el animal. Me extrañó lo que me dijo el agente pero no tenía por qué
dudar de su palabra. Con las mismas, y cuando ya estaba todo bajo el control
del Seprona, me marché.
Los problemas de Loquillo con las
mujeres no son nada comparados con los míos con las ovejas. Esta noche contaré
corderitos para ver si me puedo dormir, son ya casi como de la familia.
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