“Murphy, sus leyes y Jose”
“Murphy, sus leyes y Jose”
Ya era hora de que le dedicase una de
mis columnas quincenales. Se merece este pequeño y humilde homenaje de este que
les escribe. Y de entrada permítanme que lo nombre y escriba como Jose, sin la
tilde o acento ortográfico, a modo del galán Jose Coronado. Así es como le he
llamado siempre y lo conocemos quienes lo queremos. Es sobrino político mío,
marido de una de mis sobrinas. Nos conocemos desde hace ya 45 años. Él y mi
sobrina empezaron ya hace mucho tiempo su andadura por esta vida juntos.
Jose es un tipo especial, querido no,
queridísimo por todo el que lo conoce. Con valores muy claros, bondadoso y muy
generoso. Es cierto también que tiene a su lado una mujer que ha sabido sacar
lo mejor de él. Yo lo quiero enormemente. Son ya muchos años desde que
empezamos a tomarnos las primeras cervezas juntos y puedo presumir, al menos
así quiero creerlo, de que ese cariño me es correspondido por su parte.
Pero, al margen de todas estas
consideraciones emotivas y emocionales, hay algo por lo que Jose se distingue y
destaca. Y ese algo es su habilidad para reparar, arreglar y sacar de donde
parece no haberla, una solución a cualquier percance casero. Es, lo que siempre
se ha llamado un “manitas”, pero en este caso, elevado al nivel casi de
excelencia. Y es que Jose es un profesional, de los buenos.
Trabaja como encargado principal de
mantenimiento de varios centros escolares dependientes de nuestro Ayuntamiento.
Y se toma su trabajo, no como una obligación o profesión, sino como una auténtica
pasión y afición. Me consta la admiración que sienten por él sus compañeros y
compañeras de trabajo.
Son muchas las averías, anécdotas y
situaciones de apuro que me han ocurrido con él de protagonista y siempre como
maestro de ceremonias y solucionador al rescate de las mismas. La mayoría de
las veces estas averías han seguido a rajatabla los principios de las Leyes de
Murphy: “si algo malo puede pasar, pasará, y siempre lo hará en el peor
momento”.
Sin ir más lejos esta pasada navidad,
un día antes de Nochebuena, en fin de semana y con el lunes festivo, se produjo
una avería en casa. De esas con las que uno se siente –literalmente, pues fue
una inundación en el baño- con el agua al cuello pero que para nuestro “Súper
Mario Bross” particular es casi un juego de niños. Telefonazo al canto y esa
misma tarde lo había solucionado. Casi llorando le dije: “Jose, si fueras una
mujer y no estuvieras casado te pedía en matrimonio.”
En cierta ocasión, hace ya muchos
años, estando una noche terminando de cerrar un bar en el barrio de Los
Vergeles y a punto de cantar la “Salve Rociera” como era costumbre en dicho
local –Jose es, además, incondicional de esta tradición-, le propuse un reto.
-Jose –le dije- vengo buscando hace
tiempo una esquinera de asientos para mi cocina pero no doy con ninguna. Una
maldita columna justo en una esquina me impide encontrar una que se adapte y no
se me ocurre nada.
Solo me dijo que le pasara las
medidas. Así lo hice y, después de un par de semanas sin hablar del tema, me
llamó y me dijo: “Ya sé cómo lo voy a hacer y cómo vamos a solucionar lo de la
dichosa columna”. Y así fue. A los pocos días ya tenía esa ansiada esquinera y
además los asientos de la misma aprovechados como baúles para almacenamiento. Todo
hecho por él. Una maravilla.
Me ha sacado de muchos apuros de
bricolaje y mantenimiento caseros. Siempre he pensado, y es realmente así, que
lo que él no pueda solucionar no lo podrá hacer nadie. Muchas veces se lo he
dicho y se lo toma con cierta mezcla de guasa y orgullo.
Esta creencia se la intenté
transmitir hace ya unos años cuando le regalé una camiseta de verano, de esas
de manga corta con diseño de mensaje incluido. Me lo esbozaron a medida y justo
se podía leer en ella: “Lo que Jose no puede arreglar, no lo hará nadie”.
Recuerdo su cara cuando se la regalé.
Creo que le hizo gracia pero no le gustó mucho o quizás era demasiado altivo y
atrevido el mensaje para su noble modestia.
Él se ha venido resistiendo a tanto
halago. Siempre me ha dicho que cada uno sabe de lo suyo y que de mi profesión
nada sabe ni conoce y que para él lo que yo hago es como si fuera ciencia
ficción. Lo cierto es que lleva razón, pero sigo pensando que su trabajo luce
más, se traduce en algo muy tangente y que destaca de una manera más práctica.
Bien, pues a pesar de Murphy y sus
leyes, ¡qué tranquilidad da tener un ser cercano a nosotros con esa
profesionalidad! Duerme uno como más tranquilo. Sabiendo que Jose está ahí,
Murphy poco tiene que hacer.
Para cuando vengan mal dadas y una
cisterna, por poner un ejemplo, se encargue de fastidiarnos las fiestas,
nuestro súper héroe ahí estará.
Y como es de bien nacidos el ser
agradecidos, vaya desde aquí mi infinito agradecimiento, admiración y cariño
hacía él.
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