"Only Adults"
“Only Adults”
No se alarmen, este artículo es para todos los
públicos, no solo para adultos.
¿Dónde habrá quedado aquella educación y disciplina
que nuestros padres -ella y él, para los suspicaces con el lenguaje inclusivo-
nos impartían a nosotros sus vástagos? ¿Volverán aquellas oscuras golondrinas
en el balcón de la educación sus nidos a colgar y otra vez con el ala a sus
cristales jugando llamarán?
¿Por qué nos entra ese terror inicial cuando viajamos,
estamos plácidamente desayunando en el buffet de algún hotel o comiendo en un
tranquilo restaurante y vemos aparecer a una pareja con niños pequeños? ¿Es
normal ese pensamiento que nos asalta -hablo en nombre propio- y nos dice “ya
verás cómo se sientan al lado mío”?
Hace medio siglo, cuando la educación de los pequeños
y sobre todo la de sus padres no era cuestionable, estas preocupaciones no eran
tales. Los hoteles eran santuarios de descanso y convivencia donde niños y
adultos compartían espacios sin necesidad de restricciones. Hoy, sin embargo,
los tiempos han cambiado y con ellos han surgido esos modernos refugios
llamados "hoteles solo para adultos". ¡Qué tiempos aquellos en los
que los niños sabían comportarse sin necesidad de zonas exclusivas para mayores
de edad! Pero, claro, eso era antes de que la crianza se convirtiera en una
actividad opcional y los pequeños en una fuerza incontrolable de destrucción y
ruido.
Corría el año 1970, si cualquiera de nosotros, como
niños que éramos, osábamos tener una rabieta o pataleta en cualquier reunión
familiar o con amigos de nuestros padres, no hacía falta que ningún desconocido
pusiera los ojos en blanco. Bastaba una mirada de la madre o padre correspondiente
-una mezcla de advertencia y amenaza silenciosa- para que reconsideráramos
nuestras acciones y, con suerte, sobreviviéramos a la velada. Si la mirada no
era suficiente, un sutil pero efectivo zarandeo pedagógico ponía fin al motín
antes de 2 minutos. Todo esto tomaba especial relevancia si el hecho se
producía en algún restaurante u hotel.
¡Cómo ha cambiado todo el escenario a día de hoy! En
la actualidad, los hoteles han optado por la solución fácil: excluir a los
niños por completo.
¿Quién necesita disciplina cuando puedes sencillamente
prohibir la entrada a los menores de 16 años? Se acabaron los chillidos y
gritos descontrolados en el comedor y los niños corriendo por los pasillos y
también los pequeños psicópatas que creen que el buffet es su parque de
diversiones personal. Ahora los adultos podemos disfrutar de nuestro desayuno, buen
cóctel o aperitivo sin el riesgo de volvernos locos con el griterío de uno o
varios pequeños salvajes revolcándose por el suelo o subidos a cualquier mesa.
Nos estamos equivocando, ese no es el camino, hace
falta más disciplina y menos displicencia.
Antes, criar a un niño era una responsabilidad de los
padres. Hoy, parece ser más bien un deporte de espectadores en el que la
educación se subcontrata a pantallas, pedagogos progresistas y a una vaga
esperanza de que el pequeño algún día "aprenda solo". ¿El resultado?
Una generación de infantes sin modales que creen que "por favor" es
el nombre de un youtuber famoso, que "gracias" es un concepto
obsoleto que solo usan los abuelos y, por supuesto, que no conocen el significado
del devaluado adverbio “no”.
Recuerdo que, hace un par de años, me encontraba
pasando unos días de relax en la playa. Me disponía a disfrutar de mi desayuno
en una mesa en el salón del hotel cuando, de repente, irrumpieron, como
elefantes en cacharrería, una patulea de 5 o 6 “monstruitos” que pensaba venían
solos por el tiempo que tardaron en entrar tras ellos sus respectivos padres, 3
parejas de jóvenes a los que parecía darle todo igual. Tras sentarse las tres
parejas en una mesa contigua pude observar, con incredulidad y rabia contenida,
como los críos se ponían de pie en las sillas, saltaban de una a otra como si
fueran Tarzán sin liana e incluso llegaron a ponerse de pie encima de las mesas
todo ello sin dejar de chillar. Absolutamente nadie -y menos sus propios
padres- les llamó la atención. Hemos asumido como sociedad la mala educación. Y
esto es muy grave.
Hay padres, despreocupados, que observan entre sorbos
de un vaso de cerveza o de mojito, a sus hijos dando guerra, convencidos de que
la educación es algo que sucede por ósmosis. Y luego estamos los demás que
somos los que lo sufrimos.
En ese momento me vino a la cabeza mi infancia.
Imaginen la escena: un hotel de los de antes, lleno de familias disfrutando de
sus vacaciones, los niños, vestidos con camisas bien metidas en los pantalones
cortos, saludábamos al personal con respeto, pedíamos la comida con cortesía y
jamás, jamás, osábamos a corretear y chillar por el salón del restaurante. Ahora,
en cambio, los pequeños libertinos campan a sus anchas.
No es de extrañar que los hoteles solo para adultos
hayan proliferado como hongos. Hay quienes critican esta medida tan extrema por
excluyente, pero la verdadera pregunta es: ¿por qué los hoteles tienen que
adaptar su oferta para encajar con la deficiente urbanidad o educación de los
demás? Si antes no existían estos hoteles, no era porque los adultos fueran
menos exigentes, sino porque los niños sabían comportarse. Después de todo, este
tipo de hoteles no son más que un reflejo de los tiempos modernos, de la
debacle educacional de la sociedad actual.
En lugar de abordar la raíz del problema —la falta de
disciplina y buenos modales—, se ha decido simplemente segregar y dividir, o lo
que es lo mismo, tirar por la calle de en medio y fingir que el problema no existe.
Y así seguimos, con niños cada vez más salvajes y adultos cada vez más
impacientes e intranquilos, refugiándose en hoteles donde el único problema con
el que se deben de enfrentar es el de decidir entre la tumbona de la sombra o
la del sol.
Quizás, en lugar de seguir abriendo más hoteles de
este tipo, podríamos probar una solución más sencilla: educar a los niños. Pero
claro, eso requeriría un ímprobo esfuerzo por parte de los padres de las
criaturas y una nueva reformulación sobre valores y educación a nivel general.
Y no parece ser ese el horizonte que se atisba. Mientras tanto, y desde el
punto de vista de los ajenos, es mucho más fácil reservar un hotel exclusivo
para adultos aun sabiendo que todo esto se va al garete.
Muchos estudios al respecto vienen a demostrar que detrás
de un niño malcriado suele haber una figura parental que evita el uso del
"no", considerando que imponer límites es perjudicial para el
desarrollo del niño. Quizás no sepan los encargados de la formación de esos
pequeños, ni tengan en cuenta, que una educación excesivamente permisiva puede
generar niños caprichosos y egocéntricos, propensos a desarrollar problemas de
conducta y dificultades para adaptarse a la vida adulta. Por si fuera poco, y
para añadir más leña al fuego, el sistema educativo actual, el deterioro de la
vida familiar y las nuevas tecnologías están poniendo en riesgo los buenos
modales y la educación en la sociedad española.
Afortunadamente todavía queda un pequeñísimo hilo de
esperanza. Aún existen “ave raris”, niños que se portan con educación, educación
que debe de provenir del ejemplo de sus padres. Y da gusto verlos, oiga.
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