“¡Pónganle letra por favor!”
“¡Pónganle letra por
favor!”
En España tenemos una singularidad que, como tantas
otras cosas, llevamos -me ciño en este caso a un sentimiento mío particular- con
un poquito de complejo: nuestro himno nacional no tiene letra. Es una
peculiaridad que, a simple vista, parece una tontería, pero que encierra una
fascinante historia de intentos fallidos, debates acalorados y ese toque de
surrealismo que parece impregnar todo lo español.
Mientras otros países entonan sus himnos con fervor
patriótico y emocionan a las multitudes en eventos deportivos, nosotros nos
limitamos a mover la boca, silbar o tararear la Marcha Real. Y claro, les hablo
en clave personal, ¿cómo no sentir un poco de envidia cuando ves a los
franceses con su Marsellesa, a los
italianos con su vibrante Hermanos de
Italia, o a los británicos pidiendo con solemnidad que Dios salve a la Reina? Es como si todos los niños del barrio
tuvieran bicicleta nueva menos nosotros.
Hace unos meses podía ver y escuchar a Su Majestad
Felipe VI, cantar el himno asturiano en la entrega de los premios Princesa de
Asturias. Al mismo tiempo me preguntaba el porqué cualquiera de las que
llamamos autonomías se apresuraron en su momento a instaurar o crear su himno,
con su letra correspondiente, y sin embargo España, que debe de ser la argamasa
de todas ellas, se debe de conformar tan solo con la música. Resignación
inconformista -si es que eso puede ser- y pena, fueron las sensaciones que me
invadieron.
Síntoma del poco apego, creencia y fe en el concepto
de nación y patria es el hecho de que a ningún dirigente político parezca
preocuparle lo más mínimo este tema. Soy consciente de que no es una de las
mayores urgencias que tenemos en España, pero no estaría de más el tenerlo en
cuenta.
Y no es tema baladí. ¿Sabían ustedes que España es uno
de los pocos países del mundo cuyo himno nacional no tiene letra? En ese pequeño
grupo están Bosnia-Herzegovina, Kosovo y la diminuta república de San Marino. Ninguno
de ellos tiene la relevancia histórica de nuestro país y muchísimo menos su
larga antigüedad como tal. Es justificable pues en ellos, el hecho de no poseer
letra su himno, no así en el nuestro, ¿o tal vez sí?
Esto, lejos de ser una mera curiosidad, ha sido motivo
de análisis por sociólogos y antropólogos que ven en ello un reflejo de nuestra
idiosincrasia: un país diverso, con múltiples identidades culturales y
lingüísticas, donde llegar a un consenso sobre algo tan simbólico como la letra
de un himno es, literalmente, misión imposible.
El himno nacional español, conocido formalmente como
la “Marcha Granadera” o “Marcha Real”, tiene sus orígenes en el siglo XVIII,
durante el reinado de Carlos III. Su uso oficial como himno comenzó en 1770, y
desde entonces ha sido la melodía que nos acompaña en ceremonias oficiales,
desfiles y partidos de fútbol. Sin embargo, a diferencia de otros himnos
europeos, que surgieron en contextos revolucionarios o independentistas, el
nuestro nació como una simple pieza ceremonial, sin más pretensión que la de
dar solemnidad a los actos reales.
Eso, claro, no nos diferencia de otros
himnos en cuanto a su origen militar o regio, pero sí en su carácter mudo.
Mientras otros países añadieron versos cargados de significado histórico y
emocional, nosotros decidimos dejarlo tal cual, como una especie de lienzo en
blanco. Aunque muchos piensen que la falta de letra es una muestra de nuestra
singularidad, lo cierto es que ha habido varios intentos de dotar a la “Marcha
Real” de palabras. Pero, como buenos españoles, nunca nos hemos puesto de
acuerdo.
Durante el siglo XIX, cuando el nacionalismo florecía
en toda Europa, hubo una oleada de intentos de ponerle letra al himno español.
Durante la Primera República (1873-1874), se presentó un texto que intentaba
destacar los valores republicanos, pero la brevísima duración de aquel
experimento político dejó el proyecto en el olvido.
En la Restauración, surgieron propuestas que exaltaban
la monarquía, el catolicismo y la unidad nacional, pero ninguna logró el
consenso necesario. Cada facción política quería que el himno reflejara sus
propios ideales y, como buenos españoles, preferimos no ponernos de acuerdo
antes que ceder en algo.
El franquismo tampoco fue ajeno a la idea de añadir
una letra. Durante la dictadura, se escribieron algunas versiones oficiales con
una retórica ultranacionalista y religiosa, pero nunca llegaron a imponerse de
manera definitiva. Después de la muerte de Franco y con la llegada de la
democracia, cualquier intento de recuperar esas letras quedó sepultado por su
asociación con el régimen. Ya, más recientemente, en 2007, el Comité Olímpico
Español organizó un concurso público para crear una nueva letra. El texto
ganador hablaba de “patria”, “amor” y “hermandad”, pero fue recibido con tal
oleada de críticas y burlas que el proyecto fue abandonado rápidamente.
Personalmente, lo admito, cuando veo a las selecciones
de futbol -Francia, Italia, Alemania, Inglaterra y demás- cantar sus himnos con
fervor en los eventos futbolísticos internacionales me entra, no un poco, sino
mucha envidia. Incluso mi sobrino de 6 años ya canta el himno polaco. Todos ellos
tienen una identidad patriótica clara, compartida desde pequeños, mientras que
en España el patriotismo es desgraciadamente -no debería ser así- una cuestión mucho
más compleja, a menudo polémica, y casi siempre sujeta a debate.
Deberíamos tomarnos más en serio este tema, ya que mientras
nos resignamos a no ponerle letra a nuestro himno y a no enseñarlo en los
colegios a nuestros pequeños, las autonomías -unas más que otras- y las “nacionalidades
históricas” van ocupando ese vacío, ellas sí, con las letras en sus himnos.
Sé que este deseo a más de uno, una o “une”, les
chirriará por aquello de que desprecian todo lo que huela a español o España.
Además, luego nos vendrían a mortificar con que esa idea trae consigo
reminiscencias del pasado franquista -aunque no tenga nada que ver- etc. etc.
Esta es sencillamente la explicación a la desaparición
del castellano como lengua vehicular en la enseñanza, la existencia de 17
pruebas distintas para acceder a la universidad o la consideración de la
selección española de fútbol como equipo visitante en el País Vasco.
El hecho de no tener un himno con letra y la enseñanza
del mismo es lo que celebran aquellos que promueven políticas excluyentes e identitarias, aquellos
que disfrutarían con la desaparición de España como tal. Este fenómeno tan
anómalo no hay que tomárselo a la ligera sino con la fuerza, determinación y
seriedad que se merece.
El tarareo del “lolo lolo
lololololololololololololoooo” dejémoslo a Sergio Ramos y compañía, y el
“lalala” a Massiel.
Quiero ver a Su Majestad cantar el himno de España y
al resto de España también. Yo quiero que le pongan letra a nuestro himno.
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