“Qué noche la de aquel día”
“Qué noche la de aquel
día”
Mi querido amigo Miguel, coordinador
de redacción de este diario desde el cual les doy la lata a ustedes cada quince
días, es un gran tipo. Un profesional hasta la médula que vive su profesión con
pasión. Abnegado, entregado, vital, con la fuerza, el empuje y las ideas que le
dan su juventud. Con capacidad organizativa y una visión de la vida alegre,
pero a la vez templada. Como les digo, todo un señor profesional en un cuerpo
joven. A su perfil personal y profesional no se le podría poner un “pero” a no
ser por algo que mancha sus intachables referencias, es del Barsa.
Este que les escribe, sin ser un fanático
ni ultra, sí que es cierto que vive las victorias madridistas con desmesurada
alegría en sus citas importantes. Aun a riesgo de perder a una buena parte de
mis lectores, les diré que a mí me gusta que pierda el Barsa hasta cuando
entrena o en partidos amistosos.
Unos días antes de que se celebrara
la final de la Champions League, la final de la Copa de Europa de toda la vida
de futbol, mi querido Miguel y yo quedamos una tarde a echar un saludable
ratito de charla frente a unas cervezas y, cómo no, salió el tema de la final
europea.
Le comenté que este año la iba a
vivir de manera especial. Por circunstancias y por deseo propio ese día y esa
final, que jugaba el Real Madrid contra el Borussia de Dortmund alemán, la iba
a ver en un pub de Cracovia en Polonia. Los que conocemos el lugar le llamamos
“La Cabaña”, pero no porque ese sea su nombre sino porque para nosotros los
españoles es más sencillo llamarlo así y además se asemeja mucho a una cabaña
de madera. Tiene sus parrillas en el exterior y un ambiente muy acogedor en el
interior.
Lo dicho, cuando se lo dije a mi buen
amigo Miguel, me comentó, en un momento de clara visión, que aquello estaba muy
cerca de Alemania y que posiblemente habría mucha hinchada de aquel país
animando al equipo alemán. Si a todo eso le añadimos que anteriormente le había
comentado que iría pertrechado con una camiseta del Real Madrid y una bandera
de España a modo de capa de Superman, la cara entre sorpresa y risa de mi amigo
era digna de recordar.
Le comenté que escribiría algo sobre
toda esta experiencia y este es el momento.
Como chaval de 15 años, me coloqué
con orgullo mi camiseta del Real Madrid y me encaminé desde el hotel al pub
junto al río Vístula en Cracovia. La bandera de España la llevaba guardada.
Tenía claro que si se ganaba la final la sacaría con orgullo junto a la
camiseta del Madrid, pero de momento -pensé antes de llegar- vamos a dosificar
el madridismo y el patriotismo.
Al llegar allí y entrar al mismo ya
pude percibir que me hallaba en territorio hostil. Todos alemanes o polacos
seguidores del Borussia. Luego pude saber, por fuentes muy fiables que, por
alguna razón desconocida, la gran mayoría de los polacos sienten más
inclinación por el Barsa que por el Madrid, así que la emoción, y además por
partida doble, estaba servida.
Me acerqué a la barra a pedir mi
primera cerveza y un par de salchichas para asarlas en las parrillas de fuera.
Es curioso, el hecho de asar a la barbacoa las salchichas alemanas me pareció
como un acto premonitorio de lo que podría ocurrir. Asaríamos a los germanos,
como antes a sus salchichas, en el verde césped de Wembley.
Camino a la barra, me topé en una
mesa con una sonriente señorita, joven, madre de dos niños de entre 5 y 7 años,
que al verme con mi camiseta del Madrid me sonrío y me dijo: “No estás solo,
¡Hala Madrid!”. No era española, por su acento deduje que podría ser argentina
o de algún país limítrofe. Le devolví el detalle con una abierta sonrisa. Los ánimos
ya se iban caldeando y al ambiente empezaba a ser bonito. La proporción era de
90/10. Los seguidores madridistas estábamos en clara minoría.
Cuando empezó el gran partido, a cada
ocasión fallida de los arios le seguía un revolverse en sus asientos a sus
seguidores. Los centroeuropeos en general son menos expresivos y viscerales que
los del sur a la hora de expresar su fervor. Sin embargo, cuando el Madrid
erraba alguna de las poquísimas que tuvo en la primera parte, el que les
escribe saltaba y gritaba como si hubiese marcado el equipo español. Pude
observar como los lacónicos y sobrios hinchas del equipo alemán me miraban de
reojo de manera seria. Solo lucieron un pequeñísimo torcimiento de la comisura
de sus labios en forma de sonrisa cuando de repente solté un ¡Barsa, Barsa!
En ese momento comprendieron, creo yo,
que, a pesar de ser madridista, por encima estaba el pasarlo bien, el
cachondeo.
Al terminar la primera parte del
partido, dominada por el equipo contrario, volvió cierta relajación a las
mesas. Las cervezas iban cayendo al mismo tiempo que la confraternización con
un grupo de unos 10 o 15 polacos, seguidores del Borussia, que se acercaron a
nuestra mesa para que le acompañáramos en los cánticos de cumpleaños de uno de
los componentes de su mesa.
En la segunda parte del partido todo
cambió en el tema deportivo para mejor. El Madrid se hizo se hizo con las
riendas del partido y les hizo a los alemanes 2 goles que hicieron que me
desbocara como caballo salvaje. Los seguidores alemanes, resignados y educados,
solo acertaban a mirarme con cara de rendición y aceptación de nuestra
superioridad. En un flash se dieron de bruces con la realidad, dándolo todo por
perdido. Y así, fue. Terminó el partido y los sufridos e imperturbables
alemanes de la mesa de al lado se marcharon felicitándome mientras los
componentes de nuestra mesa gritábamos y saltábamos como locos.
En ese momento le tocó el turno a la
bandera. Eché mano de ella, que la tenía guardada, y la lucí con orgullo.
Madridista y español, y a mucha honra. Bendita y glorificada estampa la de la
camiseta del Madrid y nuestra bandera rojigualda paseando las dos por Europa.
Terminamos la velada abrazándonos ya
a los jóvenes polacos que celebraban el cumpleaños viendo el partido.
Visiblemente perjudicados algunos de ellos por el alcohol y nosotros sobrados
de emociones, pero justos aun de cervezas, terminamos por comentar el partido.
-Real Madrid
doesn´t play finals, it wins them (el Real Madrid no juega finales, las gana)
-le dije a uno de ellos en un emocionado inglés y ya casi sin voz.
No le quedó
otra que asentir. No recuerdo haber dado tantos abrazos en mi vida a gente
desconocida.
Cuando nos marchamos de allí, ya muy
tarde y con las calles de Cracovia casi desiertas, este que les escribe acabó
paseando con su capa de Superman con los colores de España sobre la camiseta
blanca a orillas del Vístula.
Y con respecto a los alemanes ¡qué
les voy a decir! A los pocos días llega, para rematar la jugada, un chavalito
murciano de 21 años recién cumplidos y le gana la final de Roland Garros a un
compatriota suyo. Deben de estar todavía de luto nacional.
Miguel, fue un día emocionante y una
noche inolvidable. Sé que en el fondo reconocerás ese gran mérito de la
decimoquinta copa de Europa del Real Madrid y que disfrutaste tanto como yo del
partido.
A España volvimos, de aquella
batalla, sanos y salvos y sin un rasguño además de felices.
¡Qué noche la del aquel día!
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