"Senderista torpe"

 


“Senderista torpe”

El verano, ese momento del año en que todos decidimos que somos exploradores de National Geographic, tiene una habilidad especial para ponernos a prueba. Y cuando digo “ponernos a prueba” me refiero a comprobar cuánto tarda uno en resbalar por una cuesta arenosa, una piedra húmeda o meter el pie en un charco y volver de la expedición con el cuerpo lleno de arañazos por zarzas o quizás algo peor. Porque sí, estimados lectores, la montaña, el río y los senderos están ahí, pacientes, esperando que el urbanita confiado cometa su primer error. Y este que les escribe lo cometió hace unos días.

No había andado 200 metros desde que dejé el coche, cuando me dispuse a caminar junto al río Genil en las afueras de Granada y dirección Sierra Nevada. La torpeza hizo que este valiente excursionista que les habla bajara desde el sendero hasta el rio, no por el camino habilitado para ello, sino acortando por una empinada bajada para cabras de unos 7 metros de longitud. Con eso, una juguetona perrita que llevaba cogida de su correa y a la que no solté hasta el último segundo -mea culpa- y un calzado inapropiado y con poco agarre, se montó el escenario perfecto para lo que vino a continuación.

En un segundo, y sin tiempo para la reacción, se fue un pie y después de él el cuerpo entero del que les escribe. En plan gacela saltarina primero y croqueta rebozada después, me llevé por delante, o ellas a mí, todas las zarzas que había cuesta abajo. Todo ello con la mala fortuna de que, en el último metro y tras un triple salto mortal con tirabuzón, volé sin alas hasta dar de bruces y con una fuerza descomunal con la cabeza -en este caso haciendo de airbag particular- en la tierra. De pronto me vi en el suelo, conmocionado, un poco desorientado, lleno de sangre, que brotaba con fuerza por encima de mi ceja y dando gracias por tener aún consciencia.

Tras el monumental trompazo, una amable pareja de jóvenes se acercó con parsimonia y tranquilidad a mí. Mientras, mi compañera de fatigas intentaba parar la hemorragia en la frente con pañuelos de papel humedecidos con agua del río.

Tranquilícese -me dijo él-, podía haber sido peor. Mire lo mío -me indicó mientras me mostraba una cicatriz desde el ombligo hacia la parte baja del abdomen. Me asombré al ver cómo este chico, viéndome sangrar profusamente y totalmente intranquilo y trastornado, se empeñaba en enseñarme a modo de “tranquimazin” su cicatriz.

Es de un disparo -me dijo- y póngase la zapatilla que en mi país cuando alguien pierde un zapato se dice que la muerte le acecha. Como comprenderán saqué, de no sé dónde, un minuto de lucidez y fuerzas para, rápidamente, ponerme la zapatilla que había perdido en la caída. No hay que tentar la suerte.

Me comentó que era taxista en Venezuela y que un día le atracaron mientras trabajaba, se resistió y le pegaron un tiro. Me dijo también que la seguridad en aquel país no existe y que las condiciones de vida son cada vez peores. Tuvo que marcharse de allí, como tantos otros compatriotas. Una pena ciertamente. Finalmente recaló en Granada y trabaja en una empresa en Dúrcal.

No quiero prestaciones ni subsidios -subrayó-, me los ofrecieron al llegar a España pero yo les dije que lo que quería era trabajar y ganarme lo que como con mi sueldo. Eso dice mucho de este joven al que le envío mis mejores deseos desde esta columna.

Tras su ayuda, y dándole las gracias, la excursión, evidentemente, se terminó allí mismo y empezó otra mucho más moderna: la ruta guiada por los pasillos del PTS.

Entré en urgencias como héroe caído en combate: camiseta sudada y ensangrentada, pantalón roto y dignidad ausente. Imaginaba, también, el pensamiento del personal sanitario curtido en mil batallas de senderistas accidentados: “otro que viene de la Sierra, pásenlo al pasillo tres”.

Tras una corta espera me derivaron a la consulta de traumatología y de ahí directamente a la sala de curas número 22 donde tres amabilísimas, simpáticas y profesionales enfermeras me atendieron y me cosieron dándome 3 puntos en la frente. Tengo que dar sus nombres, lo prometido es deuda: Rosa, Carol y Mariángeles -que fue la que me zurció. Todo un lujo tener para uno solo tres profesionales de la enfermería en los tiempos que corren. Mil gracias a las tres, seguid así.

Posteriormente, y ya remendada mi frente, procedieron a realizarme varias radiografías de cabeza y cuello en todas sus variantes y posturas para descartar daños mayores.

Tras cuatro horas en el hospital, me mandaron para casa con el alta, aun maltrecho y con el tratamiento habitual en estos casos: un poco de reposo, antinflamatorios y calmantes contra el dolor.

Recordándolo ahora con calma, la caída fue un instante digno de cámara lenta de película de acción. Yo intentando mantener el equilibrio y la gravedad diciendo “hoy te toca a ti, campeón”.

De esta experiencia me quedo con tres cosas:

La primera, con aquello que se suele decir en estos casos: “pudo haber sido mucho peor y con más graves consecuencias”.

La segunda con lo que me dijo aquel joven venezolano: “tengan ustedes cuidado que sin darse cuenta España va por el mismo camino que mi país, así empezamos nosotros”.

Y la tercera, e inevitable, con los tres puntos que me dieron, y sin haber tirado como en el baloncesto, desde los 6,75 metros. ¡Qué falta le habrían hecho a nuestro Granada C.F.!

Y es que la vida es, a veces, un poco ingrata y un mucho injusta.


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