“Viajes que cambian vidas”
“Viajes que cambian
vidas”
Estoy recordando en estos momentos que hace unos meses
un sobrino me escribía diciéndome que estaba en el Aeropuerto de Barajas despidiendo
a su hijo que a su vez es sobrino-nieto mío, el tiempo pasa inexorablemente. Se
marchaba 3 semanas de vacaciones a Tailandia, Filipinas, Vietnam y Camboya.
Cuando me lo dijo, lo primero que me vino a la cabeza
fue decirle que tengo un buen amigo del bachillerato, muy conocido por gran
parte de la sociedad granadina y no granadina, que en su día -hace ya muchos
años- hizo un viaje similar por aquellos lares que le cambió por completo la
vida.
Mi amigo José Luis salió de España a
principios-mediados de la década de los 90. Desconozco si era un viaje
vacacional o de otra índole y por qué eligió como destino precisamente esa zona
del mundo. El caso es que fue a parar a
Camboya.
Camboya sufría por aquellos años un marco político
altamente inestable y venía de una serie de guerras intestinas apoyadas por intereses
comunistas por un lado y por los de los EEUU
por otro, precisamente con el fin de evitar la toma del poder por el marxismo.
Como suele suceder en estos casos la política -los políticos- se olvidaron del
pueblo en pos de sus propios intereses, siempre, cómo no, enmascarados en un
falso provecho y beneficio del país.
El caso es que la pobreza y la penuria estaban
instaladas entre la población que veía como el desasosiego se apoderaba de ella.
Esta vulnerabilidad era más patente entre los niños, que sufrían en sus propias
carnes la dejadez de sus gobernantes. Falta de recursos, miseria y otras muchas
situaciones que ustedes se podrán imaginar, todas ellas derivadas de esa
indigencia, se daban allí. Todo ello resumido en una absoluta falta de esperanza
y futuro digno.
Mi buen amigo no quedó impasible ante tanto
sufrimiento e indefensión. Poco a poco fue ayudando y asistiendo en lo que
podía a esas criaturas hasta que vio claro que para atajar o mitigar en lo
posible ese problema no bastaba con esa generosa asistencia personal. Como
suele ocurrir en estos casos, cuando una gran persona con sentimientos y sobre
todo con iniciativa y ganas se enfrenta a una situación así, lo hace a lo
grande, con perspectiva.
De ahí a fundar
la ONG “La Casa del Agua de Coco”, un 20 de diciembre de 1994, hubo un paso. El
curioso nombre de su proyecto no fue casual, como bien se explica en su página
web. Tras el genocidio perpetrado en Camboya, la falta de recursos hacía del
ingenio la mejor arma contra la muerte. En los hospitales se suministraba agua
de coco por vía intravenosa a los heridos de guerra y de ahí la adopción del nombre
como seña de identidad. Esta ONG nacía con un proyecto muy ambicioso: la
reinserción socio-laboral de familias de la calle y principalmente de niños.
El devenir de la situación hizo que José Luis marchara
a Ruanda, poniendo en riesgo su propia vida, para atender a la población
desplazada por el genocidio que estaba acabando con la etnia tutsi. Poco
después tuvo que abandonar el país ante el imperativo gubernamental de
silenciar la matanza y al poner, él mismo una vez más, en riesgo su vida.
Trasladó su proyecto e inquietudes a Madagascar -donde
reside actualmente- sin desviar un ápice el fin último de su ONG.
A partir del año 2000 se produce un cambio a nivel
interno en “Agua de Coco”. Se salta al continente americano. Salvador de Bahía,
en Brasil, es testigo de cómo empieza un nuevo proyecto de atención a las
mujeres más empobrecidas de la favela de Alagados.
Mientras el proyecto de Brasil despega, en Madagascar
y Camboya surgen nuevas actividades como cines populares, formación de mujeres
en cárceles o tiendas de artesanía. Los buenos resultados de las acciones
siguen aumentando y cada vez son más las familias reinsertadas. En 2003, en
Madagascar, nace la ONG Bel Avenir -creada por miembros de “Agua de Coco”- que
desarrollará nuevos proyectos en Tulear, al sur de la isla. Mientras, seguían
actuando en Camboya con nuevos acuerdos de colaboración. Hoy en día “Agua de
Coco” tiene plena vigencia y un futuro aún más prometedor.
Es hermosa, admirable y aleccionadora la historia de
“Agua de Coco” y sobre todo el observar cómo un simple viaje puede cambiar no
solamente tu vida, sino la de muchas personas.
Hay quienes viajan para despejar la mente, otros para
conocer nuevas culturas, y algunos simplemente para desconectar de la rutina.
Pero, ¿y si el viaje los llevara a un lugar tan distinto a lo que conocen que
terminara cambiándoles para siempre? Imagínense que, en ese destino, ven una
realidad tan desafiante que deciden no solo ayudar mientras estén allí, sino
también crear algo que dure, algo que deje huella.
A veces un viaje no solo es para uno mismo. A veces es
el comienzo de un camino para mejorar la vida de otros. Hoy en día, el concepto
de “turismo solidario” se ha puesto de moda. En lugar de hacer tours en
destinos turísticos, algunos eligen pasar unas semanas o incluso meses
colaborando en proyectos sociales o ambientales. La idea es simple: ayudar
mientras conoces el mundo.
En el caso de Agua de Coco, la organización desarrolla
proyectos que buscan no solo proveer recursos, sino capacitar a la comunidad en
temas de educación y salud para que sean autosuficientes. Los proyectos
incluyen formación a mujeres en situación de vulnerabilidad y programas
educativos para los niños. Preparan a aquella comunidad para liderar su propio
cambio.
Fíjense lo que puede acarrear, sin nosotros
proponérnoslo, un simple viaje a determinados lugares. Puede revolver todo
nuestro interior y poner patas arriba valores, ideas, concepciones y
sentimientos.
Todo lo que acaban de leer es lo que me inspiró ese
aviso de mi sobrino sobre el viaje de su hijo. Mientras, yo sigo admirando a mi
buen amigo José Luis Guirao para quien aquel viaje fue solo el comienzo de un
serio y maravilloso compromiso. Es un verdadero ejemplo de cómo, al encontrarse
en un lugar que necesitaba una mano, no dudó en extendérsela. Él lidera una de
esas experiencias que inspiran a cambiar el mundo para mejor.
Desde aquí mi admiración y gratitud a este gran amigo,
y aún más grande persona, con el que estoy deseando de reencontrarme.
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