“Youtube pelo”
“Youtube pelo”
Volvía hace unos días de una de mis
caminatas y correteos que realizo casi a diario para disfrutar, según los
criterios médicos, de una buena salud y mantenerme en forma, cuando pasé por
delante de una peluquería cercana a casa.
Ya saben ustedes que hoy en día el
negocio de las barberías se ha modernizado. Aquella peluquería a la que ibas
hace 40 años y que se llamaba “Peluquería Rodríguez”, hoy se llama “Rodri´s Brothers
Barber”. Lucen llamativos rótulos, al más puro estilo americano algunas y
vintage en otras. Moderno, pero a la vez clásico. Y así con todo. La cosa ha
evolucionado, como en los gimnasios.
Pues bien, y retomando lo que les
decía, pasé por delante de una barbería en la que ya había intentado en alguna
ocasión anterior cortarme el escaso pelo que me va quedando, obteniendo siempre
como respuesta un “hoy no puede ser”.
-Lo siento, no puedo ni siquiera
repasarle la barba, tengo todas las horas completas. Si le viene bien podría
darle cita para pasado mañana sobre las 6 de la tarde -me dijo el atareado
peluquero la primera vez que fui.
-No, gracias. Necesito el arreglo
para mañana y no puedo esperar -fue mi tajante respuesta.
La verdad es que si hubiese querido
cortarme el pelo dentro de dos días habría esperado ese tiempo para ir.
No estoy actualizado. Sigo pensando
que las cosas continúan siendo como antes y no es así. Hoy hay que pedir cita
hasta para entrar en el infierno -bueno para eso seguramente no, aunque mejor
no saberlo.
La barbería tenía buena pinta. Sillones
barberos de los de antes, moderna decoración que hacía sospechar que en
peinados y cortes estaban a la última tendencia y un chico joven como
barbero-peluquero que parecía dominaba y conocía su trabajo.
Tenía un punto de extrañeza la cosa,
el peluquero, era de aquí, o sea, español. ¿Se han dado ustedes cuenta -me
refiero a mis lectores de sexo masculino- de la cantidad de fígaros marroquíes
que trabajan en Granada? Muy buenos profesionales todos ellos, eso sí, pero
resulta ya raro encontrar a uno de aquí.
Con todos estos elementos positivos
volví al cabo de un tiempo a probar suerte encontrándome, una vez más, con la
misma respuesta: todas las horas completas y vuelva usted mañana.
-Debe de ser un auténtico crack de
las tijeras, siempre con la agenda llena -pensé.
Como dicen que no hay dos sin tres
volví a insistir por tercera vez pasados unos días.
Esta vez tuve suerte. No porque la
agenda no la tuviera hasta los topes sino porque logré convencerle de que no
iba a tardar mucho en raparme los cuatro pelos que tengo y que solo quería eso.
Al final me “coló” delante de otro cliente que se había retrasado 10 minutos.
En las charlas que se suelen tener
con los barberos mientras te aderezan si no te quedas dormido sobre el sillón
de tanto traqueteo en el cuero cabelludo, este profesional me hablaba sobre
tendencias y modas en cortes y peinados masculinos.
-Yo pocas tendencias y modas puedo
seguir -le dejé caer en un momento determinado-, con este poco material poco o
nada se puede realizar que no sea un buen rapado y para casa.
De repente, y ya casi terminando el
trabajo en mi cabeza, se fijó en mi barba.
-Está perfectamente cuidada, pero no
sigue la moda -tuvo el arrojo de decirme. Aunque muy bien perfilada y
recortada, hoy en día la tendencia es dejársela más larga, sobre todo por la
zona de la barbilla, tipo hípster, -concluyó.
-Yo es que soy poco de modas y
tendencias -continué con la conversación-, no sigo la música alternativa, no practico
deportes urbanos ni soy un bohemio. Me gusta como está.
Al final desistió de intentar
convencerme para que me dejase una barba de hípster y un bigote de Dalí.
Cuando salí de allí me fui contento.
En 15 minutos me había puesto al día sobre novedades, ideas y modas en
peinados, barbas, mostachos y podas capilares diversas además de irme con mi
cabeza bien rasurada y fresquita para los calores venideros.
La parte triste y sobre todo
melancólica de todo esto es que me fui pensando en que un día yo tuve pelo.
Recordaba los millones de folículos pilosos que me proporcionaban una melena
considerable y llena de sugerentes rizos. Y sobre todo revivía en mi mente también
esos largos y relajantes cortes de pelo de media hora en los que me quedaba
extasiado y medio dormido en manos del peluquero mientras trasteaba mi azotea. Hoy
todo eso se reduce a un escaso cuarto de hora y esto es lo que más me duele por
el poco disfrute. Por lo demás esto de ir rapado es una gran ventaja y
comodidad.
Las peluquerías de antaño eran
lugares sencillos, con sillas giratorias de cuero desgastado, grandes espejos y
un aroma inconfundible a colonia barata y loción para después del afeitado.
Allí, los jóvenes acudíamos para recortar nuestras cabelleras y afeitarnos
alguna que otra vez con una navaja afilada por manos expertas. Era una
experiencia que combinaba peligro y placer, como andar en bicicleta sin manos o
comer sushi en una gasolinera de carretera. Todo esto sucedía en un ambiente de
camaradería, chistes malos y revistas Interviús,
donde nuestro peluquero era tan conocido como el médico de cabecera.
Algún día les hablaré sobre la
academia de peluquería donde habitualmente me ¿corto? el pelo, allí donde se
forja la cantera de futuros barberos y los lances y anécdotas que he tenido con
todos ellos. Son una delicia y además la peluquería es cultura de la buena, de
la del pueblo. Es de los pocos lugares, además de en un taxi en conversación
con el taxista, donde se puede tomar el pulso a la realidad actual, al sentir
de la gente.
Y como colofón a este escrito sobre
peluquerías, y para terminar con un toque de humor, les pregunto si saben ese
chiste de los de “se abre el telón” que dice así:
“Se abre el telón y se ve a una
señora intentando entrar a una peluquería abarrotada. ¿Como se llama la película?
¡Ah! te rizas como puedas”.
Feliz verano.
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