"Prohibir es más fácil que legislar"
“Prohibir es más fácil
que legislar”
A veces tengo la sensación de que
creemos haber descubierto América cada vez que nos anuncian nuestros políticos
algo nuevo. Ahora le toca a los móviles y a las redes, como si antes de su
aparición nadie hubiera pensado seriamente en cómo se educa a un hijo.
Pero Aristóteles ya lo sabía -sí,
Aristóteles, hace más de dos mil años. Y lo dejó escrito en “La Política”. Una ciudad
que descuida la educación de sus jóvenes está cavando su propia tumba -dijo el
que fuera uno de los padres de la filosofía occidental y maestro y tutor de
Alejandro Magno. Y fue más lejos aún, dijo aquello de que “aquellos que educan
bien a los niños deberían ser más honorados que los que los producen”.
Engendrar o “producir” un hijo suele
ser, por regla general, fácil y siempre placentero. Pero educarlo, ¡ay amigo!,
eso es harina de otro costal y ahí ya se complican las cosas.
Con esa afirmación el filósofo no venía
a referirse solo a los maestros, hablaba de padres, hablaba de ciudadanos en general
que vivimos en comunidad. Para Aristóteles, educar no era un asunto privado, era
el núcleo mismo de la política. La forma en que una sociedad cuida a sus niños
determina la calidad moral de su futuro.
Hoy hacemos exactamente lo contrario.
La crianza de los hijos se convierte en un problema doméstico, dejamos solos a
padres y docentes, retiramos recursos públicos y, cuando todo falla, dictamos
prohibiciones.
Y eso es justamente lo que ha hecho nuestro
presidente. Ha lanzado en Dubái, en la Cumbre Mundial de Gobiernos -dónde se
reúnen países como Armenia, Uganda, Pakistán, Kenia, Libia, Georgia y
Bangladesh- la pretensión de prohibir el acceso a menores de 16 años a
plataformas digitales. Y lo dijo de manera fastuosa, con la pompa y solemnidad
solo propia de él.
Eso es querer apagar un incendio con
un vaso de agua mientras seguimos jugando con cerillas -pensé. Y después hice lo que hacemos todos
cuando no sabemos qué hacer, abrí el móvil, pero no para infórmame mejor, sino
para distraerme, porque ese es, precisamente, el problema.
¿De qué sirve prohibir las
plataformas digitales o los móviles a un chico de 15 años cuando el padre o la
madre se lo entregan desde pequeño para que no den guerra y nos dejen
tranquilos?
Si de verdad queremos proteger a los
menores empecemos por educar a los padres y sobre todo por proteger la dignidad
del trabajo del profesorado que tiene que lidiar todos los días con ellos. Todo
lo demás es teatro institucional. Y ya tenemos bastante ficción en Netflix y
demás.
Y qué bien queda el verbo prohibir y
qué fácil llevarlo a cabo, decretazo y punto. Si al menos se hablara de regular
o de reglamentar, a lo mejor se le podría comprar la moto, pero prohibir……qué
mal suena. Al más puro estilo de cualquier dictadura. Siempre es más sencillo
imponer una prohibición que complicarse la vida pensando porque esto requiere una
regulación adecuada, lo cual implica dedicar tiempo a reflexionar y esforzarse
en su elaboración. Y lo que se dice cabezas pensantes, precisamente en los que
nos gobiernan, no es que sobren. Prohibir es cómodo. Prohibir ignora la
responsabilidad de los mayores o padres y a los que imponen la prohibición les
permite respirar tranquilos pensando que “ya hemos hecho algo”.
El teléfono es una herramienta
potentísima que capta la atención de los pequeños y de los jóvenes y genera
dependencia. El verdadero drama no es que un adolescente tenga TikTok o
Instagram, el drama es que muchos padres y madres no saben qué hacen sus hijos
en esas redes o lo saben pero prefieren no entrar ahí porque implica conversar
con ellos, explicarles y estar presentes, en definitiva, tiempo. Y eso en la
sociedad moderna es un lujo.
En este asunto habría que empezar por
lo obvio, aunque a muchas parejas jóvenes con hijos no les guste escucharlo, y
es que los móviles no crían ni educan a los niños. Los adultos sí, o deberían.
Y yo no estoy para dar ejemplo de ello. No escribo desde un pedestal o púlpito,
yo también miro el móvil más de la cuenta, yo también caigo en la distracción
fácil y agradezco a veces que el móvil me entretenga mientras el cansancio
aprieta. Y precisamente por eso sé que el problema no está en el móvil ni en
las redes, está en nosotros.
Y luego está la que mucha gente cree
podría ser la verdadera intención real de esta prohibición. Hay gobiernos que
temen a las huelgas e incluso a los jueces. El nuestro, por lo visto, le tiene
pánico a TikTok.
En pleno siglo XXI, cuando la opinión
pública se cocina a fuego lento entre memes o vídeos de veinte segundos, Pedro
Sánchez ha decidido que el verdadero problema del país son las redes sociales y
especialmente, claro, lo que pasa en ellas entre los jóvenes. No la vivienda,
ni la precariedad laboral, ni la corrupción, ni el precio de la cesta de la
compra sino las redes sociales.
El argumento oficial suena siempre
igual, “hay que protegerlos”. Del odio, de la desinformación, de los bulos, de
la radicalización, vamos, hasta de sí mimos. Una melodía paternalista que ya
hemos escuchado demasiadas veces en la historia. Cada vez que el poder quiere
meter mano a la libertad, empieza hablando de “protección”.
Cuando un gobierno empieza a
obsesionarse con controlar los canales de comunicación, rara vez lo hace por
amor a la pedagogía democrática. Lo hace porque ha perdido el relato. Porque ya
no controla la conversación. Porque la gente -y sobre todo los jóvenes- ha
empezado a enterarse de cosas, y eso incomoda.
Antes era más fácil. Bastaba con
dominar la televisión pública, colocar a dos tertulianos dóciles y confiar en
que el periódico de referencia hiciera el resto. Pero hoy cualquiera con un
móvil puede convertirse en altavoz. Y eso, para quienes gobiernan desde el
despacho y no desde la calle, es profundamente inquietante.
El problema no es que los jóvenes puedan
acceder a plataformas para informarse o desinformarse -según se mire. El
problema es que están viendo cosas que el gobierno preferiría que no vieran. Porque
los jóvenes ya no esperan al informativo de las nueve, ni leen editoriales
solemnes. Se informan a saltos, comparan fuentes, siguen cuentas
independientes, contrastan datos aunque a veces también se equivoquen claro,
como todos, y compartan tonterías.
El verdadero temor de nuestro
presidente no es que las redes puedan ser peligrosas para los jóvenes, sino que
son el canal de información que utilizan para informarse y ver la realidad que el
relato oficial no muestra: gente llegando de manera ilegal a la que se le da cualquier
tipo de ayuda mientras ellos no se pueden independizar, “okupaciones” ilegales de casas y propietarios sin protección legal,
políticos que incumplen una y otra vez las promesas que ellos mismos hacían
hace años en Twitter o cuentas de partidos políticos que ni siquiera permiten
responder a sus publicaciones.
Y lo cierto es que los jóvenes ya se
han dado cuenta del engaño y nuestros gobernantes quieren callarle la voz.
En un país donde con 16 años puedes trabajar con el consentimiento paterno, acceder a un tratamiento de hormonas para cambiar de sexo, abortar sin el permiso de tus progenitores y mantener relaciones consentidas con un mayor de edad, nos pretenden vender ahora su preocupación por la salud en redes de nuestros jóvenes.
Estamos ante los inquisidores del siglo XXI.
👏🏻👏🏻👏🏻👏🏻 magnífico alegato, a favor de la educación, la verdadera educación, y contra la artera maniobra de Pedro Sánchez, intentando camuflar un mecanismo sensor en forma de medida educativa.
ResponderEliminarNo se puede explicar mejor. Estoy con el autor en que hay que despertar de nuevo a Aristóteles para que nos marque el camino.
De nuevo, Juan Carlos nos hace reflexionar sobre algo que a todos nos atañe, la educación, tutela a los menores y en muchos casos también a los "mayores", los gobernantes necesitan controlar el ganado, es fácil prohibir antes que legislar y acordar, con respeto al sentir y las necesidades de los ciudadanos.
ResponderEliminarLa filosofía imperante es la que nos dicta el gobierno de turno, esos padres de la patria que tanto nos quieren, conducir el ganado y controlarlo todo, que no haya voces discordantes y así, a pagar impuestos y callar, pues ellos velan por nosotros. ¡Ojo!!
Genial . Educar es una carrera de fondo, familia , colegio… etc deben de sumar .
ResponderEliminarY desde luego menos prohibiciones.
La educación y la formación son herramientas que nos hacen libres , apostemos por ellas y cultivémoslas.
Decir que “prohibir es más fácil que legislar” suena rotundo, pero confunde los términos: prohibir también es legislar. Además, el debate no nace en Moncloa ni tiene como objetivo “alejar a los jóvenes de la política”, sino que lleva tiempo abierto en países como Australia, Francia, Reino Unido, Alemania o Noruega —ya sabes, esos sospechosos habituales, tan poco democráticos y tan “sanchistas”—, donde la preocupación gira en torno a la salud mental, la adicción algorítmica y la exposición a contenidos dañinos.
ResponderEliminarLlama la atención que se invoque a Aristóteles pero se ignore la evidencia científica sobre ansiedad, depresión o impacto cognitivo, y que se dé por buena la idea de TikTok o Instagram como nobles fuentes de información sin mencionar la desinformación, los bulos y el analfabetismo funcional que circulan sin freno. Se han dejado fuera tantas piezas del puzle que el artículo acaba siendo más consigna que reflexión.
Gracias a dios no han legislado para prohibir estos medios, los usamos desde la libertad, la educación y el respeto.
EliminarCreo que en esta línea se debería de trabajar….
Alto y claro!!
ResponderEliminarHas dado en el clavo, lo que se pretende es controlar con la escusa de proteger
ResponderEliminarSin duda este mal llamado progresismo actúa, sin la legitimidad de la mayoria ciudadana, como una dictadura encubierta imponiendo doctrina ideologica, censurando, reduciendo libertades, malgastando excesivos impuestos, etc. en contra de las necesidades reales en las que debería centrarse. Además, ya dijeron que los hijos pertenecen al gobierno, no son potestad educativa de sus padres.
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