"¿Lengua andaluza?"
“¿Lengua andaluza?”
Aquí se está, políticamente hablando en andalú, para lo que se está, y sobra
todo añadido que le dé sabor y color a esta sopa.
Hay días en que me levanto con la
sensación de que la historia de esta Andalucía en la que vivo avanza con paso
firme hacia el futuro, y otros en que creo que va en chanclas, con una caña en
la mano y diciendo “miarma, ¿cómo va er
día?, ¿sa pescao muncho?”.
El día que leí la noticia sobre la
intención de crear una Ley de Lenguas Andaluzas por parte de la Sra. Montero me
quedé perplejo. Luego rectificó y le cambió el nombre a dicha proposición,
ahora se llamaría Ley de Hablas Andaluzas, más perplejo todavía. Confieso que
no sabía si estaba ante un acto de justicia histórica o un montaje audiovisual
de la inteligencia artificial.
Lo digo con cariño, yo amo esta
tierra. Es cierto que, aunque nací aquí, me crie en otros lares y no tengo tan
arraigado ese sentimiento andaluz que mucha gente lleva a gala. Quien me conoce
sabe que antes que andaluz me considero un español nacido en Andalucía como se
definió a sí mismo D. Antonio Burgos en su día. Aun así, amo la luz de
Andalucía, su manera de hablar a gritos -aunque no sea precisamente lo que más
me atrae-, su arte para convertir una tragedia en chiste y un chiste en
tragedia griega y la cordialidad, generosidad y simpatía de sus gentes. Pero
cuando entramos en el terreno de regular mediante una ley el habla, me entra cierta
risilla irónica.
El deje andaluz existe, claro que
existe. Como existe la brisa de la tarde en Cádiz, el seseo de mi amigo el de Córdoba
o la aspiración de las eses. Eso no lo discute nadie. Y tan grande es Andalucía
como amplia la variedad de formas de hablar en sus muchas ciudades o rincones. Pero
una cosa es reconocer que hablamos de determinadas formas -con historia, con
identidad y con literatura oral-, y otra muy distinta es convertir eso en
objeto de una ley con articulado, disposiciones transitorias y, si me apuran,
régimen sancionador para quien pronuncie la “s” con exceso de entusiasmo y como
si fuese llegado de Castilla-León, Cataluña o las Islas Baleares.
¿Se imaginan la escena? Un inspector lingüístico
parando a un chico en la calle:
-Perdone, joven, acabo de oírle decir
“los amigos” marcando claramente la ese final. ¿Es usted consciente de que en
esta comunidad autónoma existe una modalidad lingüística propia protegida por
ley?
-Perdón, agente, es que he hecho un
Erasmus en Valladolid.
-Pues se lleva usted una multa leve
al canto, y si reincide se expone usted a un curso obligatorio de aspiración de
eses avanzado.
Quizás sea esto un poco exagerado, lo
reconozco, pero detrás de esta broma me hago una pregunta seria: ¿qué se está
intentando arreglar exactamente proponiendo esta ley?
Porque si el problema es el desprecio
histórico hacia el acento andaluz, y me refiero no a uno en concreto sino a los
muchos “acentos andaluces”, ahí me encontrarán siempre en primera fila, con
pancarta y megáfono si hiciera falta. Pero me da que no van por ahí los tiros.
La Sra. Montero ya nos apuntó hace
unos días alguno de sus fines, “impulsar,
investigar y trasladar el valor de lo que siempre han sido los andaluces:
expresarnos con orgullo, sin complejos, siendo capaces de defender nuestros
orígenes. Necesitamos seguir combatiendo los tópicos”. Pues ya está todo
dicho y aclarado. Esto y un brindis al sol es lo mismo. No conozco a ningún
andaluz que vaya por ahí avergonzado de cómo se expresa y sí conozco a muchos
que defienden sus orígenes. Y lo de los tópicos…..eso ya es más complicado.
Hay otra cuestión a tener en cuenta
en este asunto, ¿qué hacemos con la diversidad interna?. Porque el riesgo de
hablar de “el andaluz” en singular es que se corra el riesgo de invisibilizar las
diferencias. ¿Habrá un canon oficial? ¿Un andaluz estándar? Porque el andaluz,
si es que aceptamos ese término paraguas que engloba mil matices, no es
uniforme. No habla igual un señor de Almería que una señora de Cádiz, ni un
chaval de Sevilla capital que mi cuñado el de la Alpujarra. Y por supuesto, el
habla de Granada no es la de Huelva, ni la de Córdoba es la de Málaga. ¿Vamos a
legislar también eso?.
Pienso -y es mi personalísima
opinión, equivocada o no- que en este asunto la ministra de Hacienda quiere
apuntarse un tanto reivindicando de alguna manera un hecho diferencial como
quieren hacer o han hecho otras autonomías. En España, donde cada territorio
reivindica su singularidad con respecto a los demás la Sra. Montero no quiere
quedarse atrás. Si otros tienen lenguas cooficiales, nosotros tendremos
modalidad lingüística propia.
Pero una cosa son los acentos o,
mejor dicho, las variedades andaluzas, y otra cosa muy distinta es hablar mal.
Y aquí conviene afinar, porque en este debate se mezclan churras fonéticas con
merinas gramaticales y acaba uno creyendo que cualquier tropiezo sintáctico es
patrimonio cultural inmaterial. El acento es decir “grasia” en vez de “gracia”,
“miarma” en vez de “mi alma”, y hacerlo con naturalidad, sin pedir perdón ni
permiso. Eso no es hablar mal. Eso es hablar desde un lugar, una historia y una
geografía concretas. Hablar mal, en cambio, es otra cosa.
Y aquí es donde algunos se confunden,
porque cuando alguien critica la torpeza expresiva de un cargo público,
inmediatamente surge el coro: “¡Es que estáis atacando el acento andaluz!”. Y
no. No es lo mismo aspirar la “s” que descuidar la sintaxis. No es lo mismo
seseo que solecismo.
Pondré un ejemplo concreto y que
toca, precisamente a la propulsora de esta iniciativa de ley. Cuando la
ministra María Jesús Montero interviene en el Congreso, su acento es andaluz,
perfecto, natural, legítimo y hasta entrañable. Lo que a veces chirría no es la
música, sino la partitura. Y es que tan importante es lo que se dice como la
forma de hacerlo.
Recordemos el famoso y tan traído y
llevado “mopongo” que sale de su boca en sede parlamentaria. Lo interesante del
“mopongo” no es la fusión de “me” y “opongo”, sino la reacción que provoca. Y
es que en determinados círculos hay que cuidar esos detalles. Todos lo hacemos.
Yo no hablo igual en una sobremesa distendida que en alguna reunión seria de
trabajo. Y no estoy traicionando mi identidad por marcar mejor las pausas, simplemente
adapto mi dicción al contexto.
En fin, quizá dentro de unos años
miremos atrás y recordemos este debate como una anécdota pintoresca, una etapa
más en nuestra búsqueda de autoestima colectiva. O quizá se convierta en el
inicio de una política cultural más profunda y sensata. Ojalá sea lo segundo
porque no quisiera presenciar un debate como este:
-Señora ministra, ¿cuál es su
postura?
-Mopongo.
-¿Y la postura oficial del Gobierno?
-La misma, pero con separación de
bienes, digo, de vocales.
Discúlpenme ustedes, si no me lo tomo a broma me da algo.
Buenos días un articulo muy cierto y coherente ,soy andaluza aunque no tengo acento remarcado y mi marido es Andaluz de Lanjaron el si tiene acento Andaluz y muy orgulloso de tenerlo
ResponderEliminarAlicia
ResponderEliminarComo siempre,todos tus articulos son buenísimos.Si es que tienes la razón en todo,o ,soy de la misma opinión.Esperando el siguiente.Un gusto leerte.
ResponderEliminarOrgullosa de ser andaluza y encantada de leer esta acertada y hasta divertida publicación
ResponderEliminarGracioso y real artículo sobre el "lenguaje" andaluz. Totalmente de acuerdo con lo que expresa este nuevo artículo de Juan Carlos Orgullosa de nuestros acentos, orgullosa de nuestros tierra.
ResponderEliminarMuy bueno
ResponderEliminarMe da la sensación de que quieren engañarnos con la zanahoria del habla andaluza. No creo que se pueda normalizar porque son muchas formas las que tiene el andaluz y no es lo mismo un acento y forma de hablar de un granadino que la de un sevillano, cordobés o de cualquier otro lugar de Andalucía. Es más no es lo mismo el habla de un granadino de la capital que de uno de la Alpujarra por ejemplo.
ResponderEliminarDifícil normalizar el habla andaluza. Un saludo Juan Carlos
ResponderEliminarEs una maravilla leerte, cada artículo tuyo es una delicia, envolvente, instructivo, sereno, divertido, es mi droga y cada vez tengo más adicción, coincido en todos y cada uno de ellos, y siempre esperando al siguiente con intriga y con las ganas de un niño en la noche de Reyes, eres un regalo. Todo un lujo leerte.
ResponderEliminarComo, buena publicación. Juan Carlos. Muy de acuerdo con lo q dices y también en la forma en la q lo expresas. Muy orgullosa dl acento andaluz. Lo desagradable son las formas pero en cualquier lengua. Me ha encantado. Sigue escribiendo y expresando así d bien, con ese detalle entre líneas, de ironía.
ResponderEliminar¡Qué gracia el tema de hoy!,
ResponderEliminares que esa fina ironía tuya no tiene apaño, je, je, je.... Resulta un tema bastante interesante, lo del habla da para largo, no podemos de ninguna manera, comparar esa gracia del habla gaditana, con la del norte de Granada, Jaén o Almería, es que de ninguna manera puede ser igual. Pues así es todo, más vale que en vez de regular el habla, las "buenas o malas lenguas", nuestros políticos se dediquen a arreglar los problemas importantes de los ciudadanos, que no son pocos.
Muchas gracias Juan Carlos.
Brujita: Estar orgulloso de tú acento y forma de hablar!.... es una forma de querer tu tierra y tu gente!!......llevamos muchísimos años así y no veo el motivo de cambiar!!!.... NI GANAS!!!
ResponderEliminarEnhorabuena Juan Carlos!... por tu reflexión!!
Estupendo artículo, no puedo estar más de acuerdo. Y pienso que las iniciativas como esta, además de ser un brindis al sol andaluz que más calienta, indican la desesperación política de algunos y alguna...
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