“Me llegan tus multas”



“Me llegan tus multas”

Voy a intentar en esta ocasión ser breve, aunque la capacidad de síntesis no es mi fuerte, lo intentaré. Y también les voy a regalar un consejo. Sí, aunque no me guste darlos, esta vez lo voy a hacer. Una recomendación dirigida sobre todo, y luego entenderán el porqué, a aquellas personas que ya pasan los 60 años y tengan pensamiento o intención de cambiar de coche o comprarse uno.

Les parecerá quizás extraña e intrigante esta entrada pero verán como enseguida lo entienden.

Llevo años, así como 8 o 10, recibiendo periódicamente y como si de una suscripción a alguna revista especializada se tratara, avisos de infracciones de tráfico de otra persona. En este caso es mujer y extranjera, algo fácilmente deducible por el nombre que viene en el sobre.

No sé en qué momento exacto de mi vida me convertí en el buzón oficial de las infracciones ajenas, en el confesor involuntario de los pecados de tráfico de una desconocida o, peor aún, en el domicilio fantasma de una mujer que, con una ligereza administrativa digna de estudio, decidió que mi casa era un lugar estupendo para recibir sus multas. Lo cierto es que, desde hace ya demasiado tiempo, mi relación con la Dirección General de Tráfico se parece más a una correspondencia íntima -un epistolario unilateral, eso sí- que a la de un ciudadano cualquiera con la administración. Solo que en lugar de cartas de amor o de amistad, lo que recibo son avisos de infracción con su correspondiente fotografía del vehículo -que no es mío- y su sanción en euros.

Al principio, como todo en esta vida, lo tomé con cierta tranquilidad. Pensé, ingenuo de mí, que se trataba de un error puntual, una confusión administrativa de esas que se resuelven con una llamada y un poco de paciencia. Abrí el sobre con ese respeto casi reverencial que uno todavía guarda hacia los papeles oficiales y me encontré con una multa que no era mía. El nombre de la infractora, completamente desconocido. La matrícula, por supuesto, tampoco me sonaba de nada. La infracción, era por exceso de velocidad, como todas las restantes. Aquella mujer -porque su nombre lo dejaba claro- debía de tener el pie derecho ligero y una relación muy laxa con los límites establecidos. Tras empezar a recibir cartas de la DGT en León, que es desde dónde controlan todo lo relacionado con los radares y se encargan de tramitar las multas, cierto día se me ocurrió pasar por mi ayuntamiento para pedir un certificado de empadronamiento en mi domicilio. Uno nunca sabe por dónde pueden venir los problemas. Podría ser que, sin yo saberlo, estuviese empadronada en mi dirección y eso pudiera derivarme alguna situación no deseable. Pero no, esta señora jamás había estado empadronada en mi residencia. Me quedé más tranquilo.

Como las cartas me seguían -y me siguen- llegando, un buen día llamé a la DGT y les expliqué el caso. Tranquilo, no se preocupe, no le haga caso a las cartas, tarde o temprano la localizaremos -me indicaron en la conversación. Mientras tanto las cartas siguen llegando.

Llevo así muchos años y yo me pregunto: en pleno siglo XXI, con satélites que localizan un coche en mitad del desierto y algoritmos que predicen lo que vamos a comprar antes de que lo sepamos nosotros mismos, resulta que la administración es incapaz de encontrar a una persona que acumula multas y que, además, ya ni siquiera vive en el lugar que figura en sus datos. Porque esa es otra, esta mujer ya no reside ni siquiera en mi pueblo. Se ha marchado a la provincia de Huelva -todas las multas que me llegan ahora son de carreteras de allí-, ha cambiado de aires y de paisaje. Pero sus multas siguen llegando a mi buzón, como palomas mensajeras desorientadas que no han recibido el aviso del cambio de dirección.

Y entonces surge la pregunta inevitable, la que uno se hace en voz alta mientras sostiene otra carta más entre las manos: ¿cómo es posible que esto ocurra? ¿Cómo es posible que alguien pueda dar una dirección que no es la suya al comprar un coche y que nadie, absolutamente nadie, compruebe que ese dato es correcto? ¿En qué momento decidimos que bastaba con decir algo para que se convirtiera en verdad administrativa?

Porque si esto es así -y mi experiencia indica que lo es- el sistema tiene una grieta considerable. Una grieta por la que se cuelan no solo errores, sino también la posibilidad de un uso deliberado y fraudulento. Basta con imaginarlo: cualquiera podría facilitar una dirección ajena al adquirir un vehículo y, de ese modo, desviar hacia otra persona todas las notificaciones incómodas, multas, sanciones o requerimientos. Un pequeño truco, aparentemente inofensivo, que convierte a un ciudadano cualquiera en el receptor involuntario de los problemas de otro.

No estoy diciendo que este haya sido el caso -aunque la sospecha, qué quieren que les diga, es difícil de evitar-, pero lo cierto es que el sistema lo permite. Y eso, en sí mismo, es preocupante.

Y ahora les regalo mi consejo: si usted tiene más de 60 años y se decide a cambiar de coche o comprarse uno nuevo, dé la dirección de alguien que le caiga mal, para fastidiarle, o cualquier otra al azar. Según parece nadie va a comprobar que usted reside allí. A partir de entonces, dedíquese a saltarse todos los límites de velocidad tranquilamente pues las multas le llegarán a otra persona.

¿Y por qué es preferible que sea  a partir de los 60 años? Pues es fácilmente deducible. Calcule usted que pueda vivir tranquilamente hasta los 80, teniendo en cuenta que la Guardia Civil y la DGT van a tardar en echarle el lazo -en este siglo XXI donde imperan las tecnologías-, unos 20 años, para cuando lo encuentren y le ofrezca Hacienda las facilidades de pago con moratoria incluida y descuento de intereses, posiblemente y con un poco de suerte, estará ya usted con San Pedro rindiendo cuentas y las multas tardarán otros 15 o 20 años en llegarles, de nuevo, a quien corresponda.

De nada.

Comentarios

  1. Rafa Lobón1/4/26, 8:05

    Grato escrito y con más razón que un santo, que no nos toque un error administrativo que nos puede volver loco.
    Un saludo amigo.

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  2. Esperanza1/4/26, 8:19

    Estupendo artículo, así nos va y todas las administraciones igual sin personal todo digital

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  3. Anónimo1/4/26, 9:10

    Toda la razón para ti !!!! Todo un despropósito ….

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  4. Anónimo1/4/26, 9:23

    Jose Antonio

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  5. Anónimo1/4/26, 9:27

    Espero que te solucionen pronto ese error.

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  6. Acertados ambos, artículo y consejo. Tiene narices este tipo de error administrativo, pues en las propias multas está la "prueba del delito" de la paisana.

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  7. Tan perfecto como entretenido y tan entretenido como perfecto, estoy enganchada tanto a tu pluma como a los temas que tocas, y siempre con una razón absoluta e incuestionable en lo que expones. Tus artículos se han convertido en mi adicción más sana.

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  8. Qué bueno!!!!
    Anda que si en vez de multas te llegarán transferencias a tu cuenta 🤭😂

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  9. Armando Garcia-Paredes Espin13/4/26, 20:16

    Todo normal 😂😂😂😂😂

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