"Anuncios de radio, espejo social"
“Anuncios de radio, espejo
social”
Como habitual oyente de radio hay
mañanas en que uno la escucha, no tanto como para enterarse de lo que pasa en
el mundo -que también-, sino para sentirse acompañado. La radio tiene esa
cualidad que otros medios de comunicación no tienen, te acompaña a todas
partes. Está en la cocina mientras la cafetera empieza a borbotear, sigue en el
coche cuando sales de casa camino del trabajo y se queda contigo unos minutos
más, incluso después de apagar el motor, mientras escuchas el final de una
entrevista o noticia. Pero entre noticia y noticia, o en medio de un tertulia,
se nos cuela un género radiofónico peculiar que, al menos yo, suelo escuchar con
una mezcla de resignación y a veces hartazgo pero que no por eso deja de
distraer: los anuncios publicitarios.
Cortos intervalos, veinte o treinta
segundos por anuncio, diseñados para vendernos algo. Sin embargo, si uno
escucha con cierta atención —y a cierta edad uno empieza a escuchar con más
paciencia que prisa— descubre que los anuncios de la radio cuentan muchas más
cosas de las que parecen. De hecho, diría que la publicidad radiofónica es uno
de los retratos más fieles de la sociedad española de cada momento o época.
Porque en esos veinte o treinta
segundos aparece, comprimido, todo un país.
“¿Dolor en las rodillas? ¿Cansancio
al subir escaleras?” En ese momento uno ya sabe que ha entrado en territorio
conocido, el territorio de las articulaciones, del colágeno, del magnesio, de
las cápsulas que prometen que volverás a subir cuestas como cuando tenías
treinta años. La radio española está llena de anuncios dirigidos a personas
que, por decirlo suavemente, ya han vivido bastante. Y eso, más que un detalle
publicitario, es una radiografía demográfica. España es uno de los países más
envejecidos de Europa, y basta con escuchar un bloque publicitario para
comprobarlo. Hay suplementos para las articulaciones, para la memoria, para el
sueño, para la circulación, para la energía vital. Y hay algo profundamente
revelador en eso: España no sueña tanto con ser joven otra vez como con
mantenerse en pie dignamente. No aspiramos a la eterna juventud, pero sí a
conservar cierta alegría funcional del cuerpo. El español quiere seguir
caminando, viajando, bailando en bodas y discutiendo en el bar sobre fútbol o
política. No se trata de rejuvenecer, se trata de no oxidarse.
Después de las rodillas llegan casi
siempre los préstamos. “¿Tiene varias deudas? ¿Le cuesta llegar a fin de mes?
Reunifique sus préstamos”. El anunciante promete soluciones rápidas, trámites
sencillos, dinero disponible. España ha aprendido a convivir con la deuda como
quien convive con una humedad en la pared, aunque no agradable, se vuelve parte
del paisaje doméstico. Escuchar esos anuncios es como oír el murmullo económico
del país. Durante décadas nos convencieron de que la propiedad era el camino
natural de la vida adulta. Ahora la radio parece encargarse de recordarnos que
todo eso se paga en plazos y que siempre hay alguien dispuesto a reorganizar
esos plazos para que la vida resulte un poco más respirable. El locutor
transmite tranquilidad, como si fuera un amigo comprensivo que te dice que no
pasa nada, que todo tiene solución.
Poco después aparecen los anuncios de
dietas y que siempre empiezan con una pregunta retórica: “¿Te cuesta perder
esos kilos de más?”. La pregunta se formula con una mezcla de comprensión y
complicidad, como si el locutor supiera perfectamente que la respuesta es sí.
Lo interesante es que la solución nunca pasa por dejar de comer lo que nos
gusta, al contrario, las dietas milagrosas prometen adelgazar sin renunciar al
placer gastronómico. Es decir, adelgazar sin abandonar la tapa. Eso dice mucho
de nuestra cultura. En España el problema nunca es la comida, sino el
metabolismo que no se comporta como debiera. Los españoles no queremos comer menos,
queremos que nuestro cuerpo entienda que la croqueta y la tortilla de patatas forman
parte de nuestro patrimonio culinario-cultural.
Tras eso llegan los colchones, que
merecerían un capítulo aparte en cualquier estudio sociológico del país. A poco
que escuches durante una semana entera este tipo de anuncios, acabas casi
convencido de que el mayor problema nacional no es la inflación ni la política,
sino el sueño. Hay colchones que prometen descanso absoluto, colchones con
tecnología de la NASA o colchones que alinean la columna vertebral para
dejártela como la del David de Miguel Ángel de Florencia. Dormir se ha
convertido en una especie de lujo. Antes era simplemente una necesidad
fisiológica y ahora parece casi una inversión en bienestar. Y esta cuña
publicitaria tiene un atractivo especial porque uno empieza a sospechar que tal
vez el cansancio crónico se deba, efectivamente, a un colchón traicionero y no
al pasar de los años.
Pero hay una categoría publicitaria
que ha surgido con fuerza en estos últimos años -y que viene para quedarse si
las cosas no cambian-, que refleja la transformación social y es espejo claro
del momento actual. De repente, entre el colágeno, el magnesio y las hipotecas,
aparecen anuncios de empresas que prometen “recuperar su vivienda en tiempo
récord” o “soluciones legales frente a okupas e inquiokupas”. “Okupas e
inquiokupas”, palabras que hasta no hace relativamente tanto no nos eran
familiares, se han convertido en centro de tertulias, conversaciones y anuncios
radiofónicos. Y ahí están, repetidas con una seriedad absoluta por el locutor
comercial. “Inquiokupas”, es decir, inquilinos que dejan de pagar el alquiler y
se atrincheran en tu vivienda hasta aburrirte, a modo de turista residencial,
aprovechándose de la laxitud de nuestras leyes.
Estos anuncios son interesantes
porque revelan un miedo muy concreto del país actual. Durante años el gran
sueño de un español medio fue tener una vivienda en propiedad. Ahora ese sueño
convive con una inquietud creciente, ¿y si alguien entra en mi casa cuando
estoy fuera? ¿y si el inquilino decide quedarse a vivir gratis durante meses?.
El anuncio expone ese temor y lo convierte en negocio. Empresas que prometen
desalojos exprés, asesoramiento jurídico y protocolos rápidos de desalojo, pintándotelo
tan bonito que te dan ganas de que tu inquilino te deje de pagar para comprobar
que todo lo que te ofrecen es cierto.
Y al hilo de estos últimos aparecen
también los de los abogados de la radio, que siempre parecen tener una solución
clara para problemas complejos. Accidentes, cláusulas abusivas, abusos en el
trabajo o problemas con la comunidad de vecinos. Lo interesante es el tono cercano,
comprensible, casi de amigos, con el que te ofrecen sus servicios. La ley, que
en los tribunales suele ser intimidante, en la radio suena accesible. Basta con
llamar a un número y todo empieza a ordenarse.
En la radio española conviven, sin
ningún pudor, el colágeno para las rodillas y las soluciones contra los "inquiokupas". Dos fotografías distintas del mismo país. Por un lado su
envejecimiento y por otro el miedo a perder el patrimonio que tanto esfuerzo
nos ha costado conseguir. Quizá por eso me resultan tan llamativos los anuncios
de la radio, porque, escuchados con atención, observo que me muestran, en un
instante, la fotografía de nuestra España actual. La historia cotidiana de la
gente corriente, de la España que se levanta temprano, conduce al trabajo, hace
números a final de mes y se pregunta si no debería cambiar de colchón.
Y todo eso sin contar con “Los
Fernández, que son muy amables”.
Juancar eres un "monstruo" 👏👏
ResponderEliminarComo siempre ,buenísimo artículo
ResponderEliminarCierto juan Carlos, los anuncios suelen ser un reflejo del país o zona geográfica a la que van dirigidos. No vamos a anunciar paraguas en el Sáhara, y menos ahora que lo hemos regalado lavandonos las manos como Pilatos.
ResponderEliminarCelebro el recorrido que vas narrando a lo largo de los años, las prioridades, antes con vestir y comer ya eran suficientes, es evidente que ahora las cosas han cambiado y así mismo, nuestras necesidades.
La TV ya nos resulta aburrida, queda algo de entretenimiento y poco más, sin embargo, la radio nos acompaña, nos permite hacer nuestras rutinas, hacer deporte, leer, incluso trabajar. Ojalá, aunque tengamos que soportar los anuncios, que son un tostón, podamos seguir escuchando una radio plural y entretenida.
Eres inimitable, adicta a tus artículos, temas y sentido del humor y tacto. Disfruto muchiiiiiiiisimo leyéndote, realmente lo paladeo como una exquisitez, mil gracias Juan Carlos
ResponderEliminarNo sé que haríamos sin la radio cuando vamos en el coche. Buen artículo.
ResponderEliminarLlevo años sin escuchar los anuncios de la radio, porque en el coche prefiero oír podcasts grabados en MP3 sobre temas que realmente me interesan. Pero tengo que reconocer que, después de leer tu artículo —tan agudo como divertido—, casi me han entrado ganas de volver a escuchar publicidad radiofónica.
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