“La jaula de Faraday”

 


“La jaula de Faraday”

En mi época de bachillerato aprendí en la asignatura de física y química lo que era la jaula de Faraday. Seguramente muchos de ustedes conocerán este término. La jaula de Faraday y su efecto, no es ni más ni menos que cualquier aparato o contenedor recubierto de un material conductor de la electricidad, como puedan ser el metal o el aluminio, y que aísla su interior de los campos eléctricos exteriores. Viene a ser la razón del porqué un avión es seguro ante una tormenta con aparato eléctrico, produciendo ese efecto y protegiendo a todos los pasajeros de su interior de los rayos externos o de porqué perdemos la señal de un móvil cuando nos metemos en un ascensor.

¿Se han subido últimamente al metro de Granada? Da la sensación de que está uno en una jaula de Faraday. Y todo por la dichosa publicidad de vinilo que recubre todos los vagones y ventanas como si de un regalo envuelto se tratara. ¿Quién habrá tenido esa feliz idea para fastidiarnos a todos los que nos subimos en él?

Lo primero es lo primero, eso sí, los ingresos que se meterá en el bolsillo la consejería que gestiona el servicio del metropolitano de Granada no deben ser menospreciados, pero ¿hasta el punto de privarnos a los usuarios de las preciosas y entretenidas vistas que nos ofrece nuestra ciudad? ¡Un poquito de por favor señores! Cuando uno entra en el vagón se da cuenta de que ver el mundo exterior es un privilegio casi milagroso.

Uno se sienta, mira hacia donde debería estar la calle, la vida, la gente paseando, el semáforo en rojo, el ambiente en bares y terrazas que hace que te olvides de todo, y se encuentra con un vinilo opaco anunciando a los de fuera pipas granaínas, ventas de coches, cursos, academias y clínicas dentales que te ofrecen una sonrisa sin complejos. Y yo pienso: hombre, complejos no sé, pero claustrofobia me está entrando un poco.

Lo del metro de Granada tiene su punto. Porque no es solo que no veas lo de fuera, es que dejas de saber si hay mundo exterior. Es como si el mundo hubiese desaparecido y lo único que existiera fuese ese vagón y los pasajeros dentro, camino de no se sabe muy bien dónde. Las ventanas, ese invento que durante siglos ha servido para mirar hacia fuera, aquí han decidido reinventarlo como soporte publicitario. Al intentar mirar a través de los cristales de los vagones, con tantos puntitos en el vinilo, parece que uno se está asomando al microondas de la cocina pero sin luz en su interior.

A esta ceguera visual externa habría que añadirle otro elemento que hace que, además de frustrante, el hecho de no ver resulte un poco caótico y no exento de un poco de emoción por la incertidumbre. A veces, el sistema de avisos de “próxima parada” no funciona como debiera, anunciando una parada con el nombre de la anterior o de la siguiente, va como con retraso o adelanto, por decirlo de alguna manera. Y se juntan dos circunstancias, una la de no saber por dónde circulamos y otra, a poco que te despistes, que las estaciones no coincidan con los avisos en pantalla.

-Próxima estación: Andrés Segovia -avisa la voz por megafonía interna.

-¿Qué Andrés se agobia?, yo sí que estoy agobiado que me llamo Ernesto y sufro de claustrofobia. Y encima esta parada me suena más a la de Hípica -decía uno mientras intentaba mirar al exterior con la nariz pegada al cristal.

Hay algo profundamente irónico en todo esto. Vivimos en una época en la que se habla mucho de la necesidad de desconectar, de mirar el paisaje, de no vivir pegados a las pantallas y luego entras en el metro y te colocan delante un catálogo publicitario que te impide ver hasta el cielo. Es como si alguien hubiese decidido que la realidad es menos interesante que un anuncio de depilación láser. Y ojo, que yo entiendo que la publicidad es necesaria, que hay que financiar el transporte público, que las empresas quieren anunciarse, que todo eso forma parte del engranaje. Pero hombre, un término medio. Déjennos una rendijita, un agujerito por donde colar un trocito de ciudad. Que uno pueda ver si está lloviendo, si hay atasco o si el mundo sigue ahí fuera.

Otra de las cosas que he aprendido es que, en ausencia de referencias externas, el tiempo se deforma. Un trayecto de diez minutos puede parecer media hora, o al revés. Sin ver el exterior, sin puntos de referencia y anclaje, uno pierde la noción. Lo que ocurre es que, poco a poco, te acostumbras, y eso es lo más inquietante. Empiezas a asumir que viajar es moverte en un tubo decorado, aislado de todo. Y cuando un día, por lo que sea, te toca un vagón sin vinilos o con ellos más transparentes, te sorprendes. Miras hacia fuera como quien descubre un milagro “¡Anda, si Granada sigue ahí!”

Ves a la gente caminando, a los niños saliendo del colegio, a un señor paseando al perro con cara de lunes eterno, ves la vida. Y te das cuenta de que la echabas de menos sin saberlo.

En una ocasión, decidí aplicar un método científico propio: contar los segundos entre parada y parada. No funcionó. Entre que el metro a veces se detiene más de la cuenta y que mi capacidad de concentración tiene sus límites, acabé más perdido que al principio y para colmo casi se me pasa la parada en la que me tenía que bajar.

No puedo evitar pensar lo fácil que sería mejorar la experiencia. Un poco menos de vinilo y un poco más de ventana transparente para sacarnos de esa jaula de Faraday emocional, en esa especie de tupperware con ruedas, en la que se ha convertido el metro de Granada.

Mientras alguien se piensa el aplicar esta sugerencia, la jaula de Faraday seguirá haciendo su trabajo: ni referencia exterior ni pista alguna de por dónde vamos. Quizá algún día, en un arranque de lucidez colectiva, alguien decida que ver la ciudad también tiene su valor. Que no todo tiene que estar cubierto de anuncios.

"Próxima parada..... Recogidas"

Comentarios

  1. Anónimo1/6/26, 7:02

    Cuanta verdad encierra este artículo
    Viva la luz!
    Vivan las ventanas!

    👏🏻👏🏻👏🏻👏🏻

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  2. Anónimo1/6/26, 8:42

    Efectivamente, es “regalarnos” a los viajeros la pena de ser ciego en Granada.
    Qué desperdicio de trayecto en superficie y qué desorientación dentro del vagón!

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  3. Anónimo1/6/26, 9:31

    Llevo tiempo comentando el agobio de ir en el metro sin poder ver las calles. El fastidio al que nos someten seguro que es por una razón de peso: poderoso caballero Don Dinero

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  4. Anónimo1/6/26, 9:59

    Muy buen articulo don Enesto .Usted ya debe saber quien soy CJ

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  5. Totalmente de acuerdo, vamos como ganado.

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  6. Esperanza1/6/26, 14:20

    Muy buen articulo a mi se me ha pasado alguna vez la parada del PTS entre que no veo por los cristales y va lleno y no escuchas nada ,ni idea de por dónde voy porque valla nombre le han puesto a las paradas

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  7. Sin desperdicio el artículo, como siempre.
    Faraday nos protege de los rayos, bien. El estado nos protege hasta el punto de aprobar una ITV ya mismo cada 6 meses a vehículos de más de 10 años, para que cambies de coche y se embolse hacienda el IVA, Hacienda somos casi todos.
    Tenemos tanta protección que ya mismo da asco, si tiras de la manta, lo del metro es una más, será para que en invierno tengamos dentro más intimidad y en verano, estemos más protegidos del sol abrasador de Granada, je, je...

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  8. Muy bueno Juan Carlos que razón tienes

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  9. Jose Antonio2/6/26, 11:31

    Lo han hecho subterráneo de verdad

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  10. Me supera el metro y la "variedad" de usuarios, que poco a poco va a ser una única y sola. ¿Granada es esto?

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  11. NO SUELO SUSAR EL METRO PERO ME PARECE DIVERTIDO Y ACERTADO TU COMENTARIO

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