"Experiencia, momento que te hace reflexionar"

 


 “Experiencia, momento que te hace reflexionar”

Ahora que voy mejorando y estoy un poco más recuperado, me he puesto a escribir algo que me sale del alma tras la experiencia vivida por mí hace unos días. Antes de entrar en materia seria, porque lo es, me voy a tomar la licencia de hacer un breve comentario en tono jocoso. Se dice que el deporte es salud y estoy convencido de que es así pero, en mi caso, las tres veces que he pisado las urgencias del PTS en estos últimos 5 años, han sido provocadas por la práctica deportiva. Me decía un amigo el otro día que tomándose un vermut en casa a mediodía no pasan estos accidentes. Al final igual tengo que darle la razón, aunque seguramente el problema no sea el deporte sino el infortunio del que les escribe. Ya se sabe, al que cuece y amasa de todo le pasa. Pues eso.

 Hace tres viernes salí a media tarde con la bicicleta buscando un poco de aire, ejercicio y evasión mental del trabajo. A cierta edad uno ya no pedalea para competir con nadie, pedalea para sentirse todavía dueño de su cuerpo, para engañar al calendario, para mantener las piernas tonificadas y el cuerpo en general en buen tono. Disfrutas de ese deporte que tanto te gusta y, sin embargo, basta un segundo para que todo cambie. Una rueda mal apoyada y ves cómo en milésimas de segundo se pierde el equilibrio y ni te das cuenta de ese brutal golpe contra el asfalto. El casco me salvó la vida, ahora no lo dudo en absoluto. Lo que pasó después, entre el momento de la caída e impacto y mi llegada a urgencias, no lo recuerdo. En todo momento consciente pero incapaz de recordar ninguna conversación. A los que creen en el ángel de la guarda, les diré que el mío, ese día tuvo trabajo extra. Y ese trabajo se tradujo en la presencia, en el momento de mi accidente, de un vehículo conducido por una enfermera cuyo nombre no recuerdo -creo que era Verónica- , que paró y me atendió mientras esperaba que vinieran a recogerme para llevarme al hospital. Ella se encargó de grabar un audio de WhatsApp con todo lo que había ocurrido y los síntomas y resultados de una primera exploración, que me hizo in situ, para entregarla a los médicos de urgencias del PTS a mi llegada. No pude agradecerle en ese momento, por mi estado de shock, todo lo que hizo pero no la olvidaré nunca y desde aquí darle las gracias infinitas a mi ángel de la guarda particular en que se convirtió ella esa tarde.

Después de múltiples pruebas se optó por dejarme en observación una noche entera. Y fue, precisamente en esa sala de observación, esa especie de hospital de campaña que era a lo que me recordaba aquel lugar, donde pude vivir y observar lo que les voy a transmitir a continuación.

Había dispuestas quince camas, siete a un lado y ocho al otro, unas frente a las otras. A mi ingreso había ocupadas unas diez, el resto, hasta completar aforo, se fueron ocupando a lo largo de la madrugada. Visitas no permitidas, tan solo un par de veces al día, como si fuera una UCI, y pantallas y aparatos en la cabecera de cada una de las camas. Lo primero que pensé al ver todo aquel despliegue de medios es el altísimo costo que debía de tener toda aquella tecnología de la que tenemos la grandísima suerte de disponer tan solo por el hecho de haber nacido donde lo hicimos. Otros no son tan afortunados.

Las noches en ese lugar se hacen largas para los que quedan ingresados. En mi caso, sin poderme mover mucho debido al dolor en el costado con rotura de 2 costillas y otras dos en proceso de posible rotura total, se me hizo especialmente prolongada. Mi vigilia e insomnio me permitió ver una escena enternecedora que casi me rompe el corazón en ese momento y que me hizo meditar mucho.

Serían sobre las 2 o 3 de la madrugada cuando ingresaron a un anciano, rondaría los 90 años. Su hija, una mujer de mediana edad, lo acompañaba. En un principio esta señora tuvo que irse porque, como les dije hace un momento, no se permite la estancia de familiares o acompañantes en dicha sala. El anciano estaba en un grito de dolor, o al menos esa era mi impresión, porque no paraba de gritar unos ¡Ayyyy! ¡Ayyyy! desoladores, que retumbaban en toda la sala. El caso es que al rato de estar así, el personal de guardia avisó a la hija y, colocándole una silla junto a la cama de su padre, le permitieron quedarse con él. Ella le cogió la mano fuertemente con las dos suyas y de vez en cuando se incorporaba para darle muchos y sonoros besos. Logró que dejara de gritar. Quizás no era dolor lo que sentía aquel indefenso anciano, sino la falta del calor de la mano de su hija y su cercanía y cariño. Era maravilloso y enternecedor, cada vez que viene ese momento a mi recuerdo no puedo evitar empañar mis ojos. Ese nonagenario sostenía, como si fuera un bebé, un pequeño peluche al que no dejaba de apretar entre sus manos. ¡Cuánta fragilidad llegamos a alcanzar a determinadas edades! Toda una vida luchando, seguramente pasando mil penalidades para, al final de ella, encontrarse así, supeditado a otras personas, con la dependencia por bandera y tan frágiles como un jarrón de porcelana. Quien antaño seguramente sería un pilar, un brazo fuerte y seguro para su hija, hoy era un bebé de 90 años manejable y expuesto a cualquier tipo de vulnerabilidad. Nacemos agarrados a una mano y probablemente nos marchamos buscando otra.

Me preguntaba en ese momento si algún día yo mismo me podría ver así. Pregunta a la cual no me quise ni contestar, como huyendo de ello, no queriendo ni pensar en algo altamente probable si es que no abandono antes este mundo.

Aquella madrugada también descubrí otra cosa, el inmenso valor de nuestra sanidad pública. Lo digo sin grandilocuencia y sin consignas políticas. Lo digo desde la experiencia de una camilla, desde el dolor y desde la gratitud. Allí vi trabajar a todo el personal con una entrega silenciosa que rara vez ocupa titulares. La grandeza de la sanidad pública no la hacen los de arriba en sus despachos. Esa grandeza la proporcionan los de abajo, los médicos, enfermeras, auxiliares y celadores. Está en las manos cansadas de una enfermera que aun así te sonríe a las cuatro de la mañana. Está en el celador que intenta hacerte más llevadero el traslado. Está en el médico que, después de horas interminables, todavía encuentra paciencia para explicarte las cosas con humanidad. Y está en las manos de esa auxiliar de clínica -no sé su nombre-, que sobre la una de la madrugada se acercó a mi cama a echarme una manta sobre mis pies a pesar de que le dije que no tenía frio, -lo tendrás, aquí de madrugada baja mucho la temperatura- fue su respuesta. Minutos después volvía a pasar para taparme hasta arriba con esa manta, doblar el embozo de la cama, como si de su hijo se tratara, y remeterme las sábanas por los pies. Todo un lujo y un alarde de cariño y humanidad.

Muchas veces lo más triste de todo esto es que tenga uno que pasar por la situación que yo pasé para tomar conciencia real del auténtico valor humano del personal sanitario y de la extraordinaria suerte de que disfrutamos al tenerlos ahí a pesar, muchas veces, del poco reconocimiento que tienen por parte de los de arriba desde sus despachos y también por algunos pacientes y usuarios con falta de empatía.

Cuando amaneció y la luz comenzó a entrar tímidamente por las ventanas del hospital, sentí una mezcla rara de agotamiento y gratitud. Seguía dolorido, sí, pero también profundamente conmovido por todo lo que había visto durante aquella noche. Salí del PTS con la sensación de haber aprendido algo importante sobre la condición humana, no vi héroes de películas americanas, vi profesionales que conservan la empatía en medio del agotamiento, personas capaces de darte calor humano cuando más vulnerable te encuentras y sobre todo cómo una hija veneraba a su padre casi moribundo con un amor inconmensurable. Me quedo con todo eso, toda una lección.


Comentarios

  1. Esperanza15/6/26, 7:45

    Me ha encantado tu artículo es la pura realidad y muy bien expresado como siempre .Un saludo

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  2. Jose Antonio15/6/26, 8:11

    Nos hace falta una leccion de éstas, de vez en cuando.

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  3. Cada experiencia una lección de vida. Mejórate del todo ….
    Mucha humanidad en esta publicación

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  4. Suscribo totalmente el sentimiento que transmites al relatar esa fatídica experiencia del accidente, la estancia en el hospital y esas vivencias en el interior.
    Creo que no sabemos lo que tenemos hasta que lo perdemos, ojalá estos servicios públicos que tanto nos ha costado construir, continúen funcionando porque conforme vamos teniendo cierta edad, más aún los vamos a necesitar.
    A recuperarse del todo, un abrazo Juan Carlos.

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  5. !Ahí le ha dado! A recuperarse compañero y amigo

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  6. La vida nos va presentado experiencias que nos completan .Enhorabuena por el articulo.

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  7. Genial, como siempre!

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  8. Me hiciste saltar las lágrimas.Enhorabuena por este gran artículo.Gracias a tí y a todos los profesionales.

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  9. Precioso artículo.

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  10. Me gusta pensar que aquello que experimentaste es la verdadera condición humana: la empatía, el cuidar de los otros, la cercanía con los vulnerables,, y no las miserias humanas que vemos cada día en televisión, fruto de una sociedad tóxica, contaminada y totalmente adulterada.
    Mucha salud y que tengas buena recuperación, Juan Carlos

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